XXII Edición
Curso 2025-2026
Desde el fin del mundo
Francisco Javier García Garrido-Lestache, 16 años
Colegio El Prado (Madrid)
Con un suspiro, Frank Wild se encogió en su abrigo. Aquella espera los estaba matando. En los últimos días, sir Ernest Shackleton se había mostrado taciturno, encerrado en sí mismo durante sus interminables paseos por la cubierta del barco. En algunas ocasiones, Frank le había sorprendido a altas horas de la noche calculando rutas en los mapas. Nunca olvidaría aquellos ojos nublados, iluminados por la tenue llama de una vela. Sabía que desde que se quedaron atrapados en el hielo, el temblor de su rodilla izquierda había pasado a ser más que una molestia.
«Demasiada responsabilidad» se lamentó.
Frank llevó la mano al pomo de la puerta y respiró hondo, lo que hizo que le doliera su garganta helada. Con máxima cautela, entró en el camarote de Shackleton, que jugueteaba con un sobre. Al sentir aquella presencia, lo cerró al instante y fingió observar a través del cristal el partido de fútbol que la tripulación estaba jugando sobre el hielo.
—¡Frank! Precisamente quería hablar contigo —dijo sin desviar su mirada de la ventana.
—¿Cómo has sabido que era yo?
—Eres el único que entra sin llamar.
Frank negó con la cabeza y se sentó en una de las sillas que había alrededor de una mesa cubierta de cartas de navegación.
—¿Quieres un whisky? —le ofreció Shackleton—. Para calentar el cuerpo.
—No te diré que no.
Shackleton tomó una botella ámbar y sirvió dos vasos.
—A tu salud —brindó.
—A la tuya —contestó Frank.
Al posar su vaso sobre aquellos papeles, Frank leyó el nombre que firmaba el sobre: “Emily”. Sus miradas se encontraron.
—¿Qué te preocupa? —preguntó Shackleton.
Desde afuera unos vítores corearon un gol.
—Llevamos ocho meses varados.
—Lo sé.
—He estado con Worsley –comentó Frank.
—¿Y?...
—Se oyen crujidos de las cuadernas del barco.
—Eso es normal, Frank. Los maderos sufren con estas temperaturas; eso es todo.
—¡No, Ernest! —Wild señaló la pared del casco—. Empieza a haber fisuras en el armazón del Endurance. Es este maldito hielo.
Al ver como su jefe le contemplaba inmutable, insistió:
—Nos queda poca carne de pingüino. Pronto tendremos que sacrificar a los perros.
—Siempre tendré esta botella —respondió Shackleton dando unos toques en el vidrio.
—Ya sé que tú puedes aguantar, pero… ¿y los hombres?
—Mi anuncio dejaba las condiciones bien claras.
Frank volvió a negar con la cabeza.
—Espero que sepas lo que haces.
Alguien tocó la puerta.
–¡Adelante! –dijo Shackleton
Un joven marinero entró en el camarote.
—Disculpe la interrupción, sir. Ya está terminado el inventario de las cosas que debemos desembarcar.
—¿Cómo? —interrumpió Frank.
—No se cuadre, muchacho… ¿Thomas, no? ¿Sirvió en el Ejército? —le preguntó Shackleton.
—Sí, señor. En las campañas de Somalia.
—Pues menudo cambio de aires, Thomas –se rieron ambos–. ¿Tiene el visto bueno del capitán Worsley? —. El joven asintió—. Bien, cuando la ventisca acabe con el partido, dígales a sus compañeros que comiencen la descarga.
—Entendido, sir.
Y con una breve despedida, Thomas se marchó.
—Nunca dejarás de sorprenderme —se quejó Frank apurando su vaso.
—Y eso que no he cambiado ni un ápice desde que embarqué por primera vez.
—No te engañes; ya no eres el apuesto oficial que conocí en la expedición de Scott. Has comenzado a encanecer. Será por la responsabilidad.
—O el tiempo, querido amigo, que también a ti te ha pasado factura.
—¿Y todo para qué? Nunca llegaremos al Polo.
Shackleton encendió con parsimonia su pipa. De ella salieron un par de perezosas nubes de humo.
—Echa un vistazo —pidió—. ¿Qué te parece esta ruta?–. Llevó su índice tembloroso a la carta de navegación y señaló un punto marcado con lápiz–. Cuando comience el deshielo, tomaremos las provisiones del depósito que dejaron los noruegos, y desde allí continuaremos hasta nuestro objetivo.
Frank arqueó una ceja:
—¿Te puedo ser sincero?
—¿No lo estabas siendo antes?
—Sabes tan bien como yo que allí no estuvieron los noruegos.
Escucharon unos pasos por el pasillo. El partido había llegado a su fin.
—¿Puedo serte sincero? —Shackleton sonrió y desvió su mirada hacia la puerta—. Solo necesito que ellos lo crean.
