XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Coches con alma
Jacobo Martínez-Brocal, 14 años
Colegio El Prado (Madrid)
Mi padre y yo volvíamos a casa en coche después de que me recogiera del entrenamiento de fútbol, cuando la radio anunció que había llegado a España una nueva marca de automóviles llamada EBRO, de tecnología avanzada. En ese momento mi padre apagó la radio, dejándome con la intriga respecto a lo que el locutor iba a seguir contando a propósito de esa novedad.
Permanecimos unos minutos en silencio, hasta que, después de volverme para observar su rostro, le pegunté si se encontraba bien.
–La verdad es que no, Jacobo –me contestó con una voz compungida–. Date cuenta de que los coches ya no son lo que eran. En estos tiempos ofrecen asientos calefactables, tecnología de todo tipo, GPS e, incluso, sistemas de entretenimiento.
Pensé que se estaba volviendo loco, ya que todo lo que acababa de mencionar mejora considerablemente el confort que ofrece los automóviles.
Mantuvo una breve pausa para tomar un desvío a la derecha, y prosiguió:
—Te aseguro que los coches de hace unos años eran mucho más interesantes. Cada marca, cada modelo, era distinto, un universo diferente para el conductor. En la actualidad todos son iguales, con los mismos servicios y un diseño similar. Antes se distinguían las marcas a primera vista. Cada una utilizaba una tapicería, un tono de color para la carrocería, un tipo de ruedas…
Es cierto que en estos momentos disponemos de navegadores, y que cuando yo era pequeño mi padre llevaba un mapa de carreteras en la guantera, por si nos extraviábamos. Si bien el GPS te indica las reseñas de cualquier restaurante de carretera, su menú y si está abierto o cerrado, en aquellos años la presencia de camiones en aquellas casas de comida significaba que el local era bueno. En cualquier caso, cada experiencia era una sorpresa.
—Con tu edad, que en los viajes nocturnos me quedaba dormido gracias al sonido del motor de un Citroën GS Break. Ahora, mira tú, los coches son silenciosos.
Cuando llegamos a casa y me metí en la cama, me costó dormir, pensando en sus palabras. Por unos momento traté de imaginar la experiencia de viajar en un coche como los de antes. Y concluí que mi padre tenía razón: cada automóvil era tan distinto como las personas, en su aspecto y prestaciones. Qué gris resultaría un mundo en el que fuésemos idénticos los unos a los otros –como los coches actuales–, algo así como robots programados por la Inteligencia Artificial, con piernas, pero sin alma.