XXII Edición
Curso 2025-2026
Cocaína digital
Gema Aparicio, 18 años
Colegio Altozano (Alicante)
Me considero una joven de mi generación. Me gusta vivir al día y estar al tanto de las noticias. Tengo claro que este mundo es mi mundo, y que para opinar de cualquier asunto antes debo de haberme informado, pues no quiero ser altavoz de otros sino tener mi propio criterio. Por eso, ya que soy usuaria habitual de las redes sociales, he seguido con enorme interés la decisión que ha tomado el gobierno australiano, a través de su ministra de comunicación, Anika Wells, de prohibir a los menores de dieciséis años el acceso a estas aplicaciones, después de que los expertos hayan declarado que la dependencia a los algoritmos en niños y adolescentes es una especie de “cocaína conductual”, es decir, un estupefaciente que ataca directamente al cerebro y a la voluntad. No obstante, todos sabemos que no es un problema exclusivo de las nuevas generaciones sino de todo aquel que no consigue ponerle límite a internet. Además, la prohibición en Australia no es una ocurrencia política, ya que Francia ha adoptado la misma medida y en España, donde siempre vamos a la zaga, hemos empezado a contemplarla.
Como adolescente de la generación Z, entono mi particular mea culpa. Sí; reconozco que en los escasos ratos libres que me quedan después de cumplir con mis obligaciones, quizá por aliviar el estrés que me acompaña, deslizo mi dedo sobre la pantalla del móvil una y otra vez, sin cansarme de un contenido que se recarga conforme a mis gustos sin que haya un final, de modo que pierdo el sentido del tiempo hasta que mi padre o mi madre, después del tercer aviso, extienden su mano para retirarme el móvil mientras yo lo protejo como si fuese el preciado tesoro que Gollum escondía a ojos ajenos con vehemencia. Entonces comprendo que he sido víctima del scroll infinito.
He dejado el teléfono sobre la mesa, con la pantalla boca abajo para evitar la tentación de mirarlo de nuevo, pese a que las notificaciones vibran sin descanso. Las redes sociales pueden afectar a la salud mental de los adolescentes y ocasionarnos problemas (el acoso digital o el acceso a contenidos dañinos), pero insisto en que es un problema que no sólo afecta a los adolescentes. Los adultos también se dejan abducir por las redes sociales cuando repasan una y otra vez los mensajes, fotos, vídeos o audios de voz de cualquier grupo de WhatsApp, ya sea del trabajo, de la familia, de los padres del colegio, de sus mejores amigos o de sus compañeros de ocio.
Todos sabemos que en una sociedad regida por la inmediatez, es más rápido acceder a cualquier tipo de contenido con un simple clic que esperar a que se encienda un ordenador. El teléfono móvil es un todo en uno. Aparte de cambiarnos la vida, ha afectado a nuestro comportamiento y educación.
Si levantamos la mirada de la pantalla, descubriremos a muchas personas que caminan con la cabeza gacha o, lo que es peor, a conductores que revisan su móvil sin estar atentos a la carretera. Hay clientes que piden su comanda en un restaurante o en un bar sin mirar a quienes les atienden, aprovechando que hay que escanear el correspondiente código para consultar la carta. E interrumpimos constantemente nuestras conversaciones porque es preciso responder una llamada o un mensaje. No es de extrañar que haya establecimientos que hayan prohibido atender a quien entre hablando por teléfono, y que recuerden como norma básica de cortesía el saludo y el agradecimiento.
La “cocaína digital” actúa como una sustancia invisible y destructiva en nuestros hábitos, atención y forma de relacionarnos. Quizá no podamos renunciar al móvil, pero sí aprender a usarlo. El primer paso es sencillo: basta con alzar la vista.