Fue una tarde calurosísima del mes de junio. La plaza de toros estaba cerrada a cal y canto, entre otras razones porque faltaban un par de meses para la celebración de la feria de aquella localidad, y porque para aquel día no había anunciado ningún espectáculo.

Me habían indicado dónde debía aparcar el coche, cerca del patio de caballos, y que tocara insistentemente la puerta de metal de dicha entrada con los nudillos, hasta que alguien me abriera. Una vez dentro, me encontré apenas con diez o doce personas, que se refugiaban a la sombra de las cuadras. Eran casi todos desconocidos para mí, salvo el ganadero, que aguardaba con impaciencia al camión que transportaba desde el campo a un par de ejemplares de su hierro. El caballo estaba ya vestido con el peto, la estopa tapándole las orejas, el trapo ocultando sus ojos, la silla y las cinchas. El picador, en vaqueros y con la gregoriana y la mona armadas sobre sus piernas, probaba a unos metros de la jaca el alabeo de las varas, lanzándolas al aire como cañas de pescar.

Sonó un bocinazo. Era el coche de El Juli, al que le abrieron ambos portones para que lo estacionara en un rincón del patio. Saludó cortésmente a cuantos estábamos allí y preguntó dónde podía vestirse de corto. De la misma escuchamos otro claxon, este mucho más largo e intenso. Era el camión en el que viajaban las reses. Aparcó con el flanco derecho pegado a la manga de los corrales. En cuanto el conductor apagó el motor, un mayoral subió por una escalerilla hasta la parte superior del remolque. Antes de que autorizara el comienzo de la faena, el criador exigió silencio a quienes nos habíamos arracimado alrededor del vehículo.

En cuanto el primero de los toros, al que oíamos resoplar a través de las maderas, percibió los pasos del conocedor sobre el techo, se puso a cornear el interior del cajón en el que estaba guardado, haciendo que el vehículo se bambolease de manera violenta entre un estrépito de golpes. Parecía que allí se escondía un monstruo de fuerza sobrenatural; parecía que iba a desmontar el furgón; parecía que los topetazos de sus astas podían prender chispas, provocar un incendio; parecía que con cada violenta sacudida aflojaba las piezas del chasis y del motor; parecía que el morlaco iba a hacer astillas la pared del lado izquierdo del remolque y –Dios no lo quisiera– saltar al patio para llevarnos a todos por delante.

El caballo, que se había puesto en tensión, piafaba y tiraba de las riendas que lo tenían sujeto a la pared por medio de una argolla. Una veterinaria, asustada, buscó refugio en el interior de las cuadras y un galgo que nadie sabía por dónde había entrado, se encogió sobre sí mismo. El mayoral no conseguía elevar la trampilla para que el toro bajara a los pasillos de los corrales, lo que ofuscaba al ganadero pues la furia del burel iba in crescendo. Cuando por fin logró deslizar la guillotina hacia arriba, el cuatreño, que se había dado la vuelta en el interior del camión, descendió de culo paso a paso, sin cejar en su empeño por destrozarlo todo. En cuanto entró en el oscuro corredor y, de seguido, en el chiquero que le habían asignado, la emprendió a porrazos contra los muros, haciendo saltar lajas de cal. Al contrario, el desencajonamiento de su hermano apenas sí tuvo historia: había viajado a la plaza en otro jaulón y en su descendimiento solamente lanzó algún pezuñazo. Obediente a la voz del vaquero, que lo dirigía con palabras, silbidos cortos y chasquidos, llegó mansamente hasta su corraleta.

Mi corazón tardó un rato en serenarse. Aquella faena no había sido un juego, como no lo iba a ser la lidia que El Juli iba a dar a aquellos dos ejemplares de la misma ganadería, en los que su propietario buscaba un posible semental, pues traían en los libros la mejor de las reatas. En cuanto el diestro apareció ataviado con botos y calzona, serio, concentrado, para dirigirse directamente al ruedo, me entraron ganas de romper a aplaudirle. Sabía que me encontraba ante un hombre superdotado, uno de los toreros más importantes de la historia, al que me hubiese encantado parecerme en su actitud, lo que es una quimera; carezco de valor para presentar la fragilidad de mi cuerpo a animales tan temibles, territoriales e indómitos. Sabía también que la experiencia que Julián acumula desde la infancia (desde la primera vez que abrió un capote para recibir a una añoja), su valentía y el ejercicio de su preclara inteligencia iban a ser suficientes para cuajarlos.

Aquel tentadero de machos fue una prueba íntima, en la que no hubo triunfo ni fracaso, en la que nadie cantó las cualidades taurinas del coleta ni la condición brava de los bureles. Los contados testigos mantuvimos un cauteloso mutismo mientras El Juli exprimía las embestidas. Por eso, de aquella tarde no queda otra memoria que la que los presentes –repito, apenas un puñado de personas– hemos sido capaces de conservar. Más allá de lo que sucedió en aquel ruedo de grandes dimensiones que el criador había considerado adecuado para medir la bravura de sus toros, aquella tarde creció la admiración que profeso a los hombres que pisan la arena –poco importa que sean matadores, novilleros, becerristas, banderilleros o picadores– para ponerse, sin trampa ni cartón, ante de las astas de un animal capaz de partir en dos un camión de ganado, al que tratan de someter con el delicado compás de un arte elaborado con caricias.