Nicolás somos vous et moi
Nada más girar la llave en el bombín de la puerta de mi casa, tras unas placenteras vacaciones, me encuentro una alfombra de facturas a cuenta de todos los servicios posibles (agua, luz, gas…), así como recibos de impuestos municipales, multas de aparcamiento, multas de tráfico y un inquietante sobre adornado con una franja azul a la izquierda de mi nombre y dirección, así como con un recuadro de un amarillo tan amenazador como el que colorea al abdomen de las avispas, en el que Hacienda me advierte que desde sus oficinas ha lanzado un sopapo a mano abierta que va a arrancarme de cuajo dos o tres muelas.
https://www.eldebate.com/opinion/tribuna/20250905/nicolas-somos-vous-et-moi_331532.html
Esa siembra de papeles ávidos de mi dinero me hace ver que el verano no me ha librado de seguir siendo Nicolás, el mismo Nicolás que partió feliz hacia la playa con sus maletas, el Nicolás de siempre, un Nicolás que domicilia en su cuenta corriente todos sus contratos, el Nicolás que liquida las infracciones en plazo voluntario, el Nicolás al que los avisos de Correos expedidos en el mes de agosto y, por ende, no atendidos, le obligan sumar una simpática penalización, el Nicolás que paga con estoicismo, con paciencia de santo, sin decir ni mu, el Nicolás al que le practican un embargo cuando se ha descuidado en el vencimiento de abono a la administración de turno, el Nicolás al que el Estado extrae pacientemente la linfa de su esfuerzo, la justa retribución, el beneficio de su trabajo, el Nicolás que termina por creerse que ha nacido para mantener a un Estado insaciable y endeudado, capitaneado por un grupo de listos encargado de estrujarle el cuello, cada año con más fuerza, para que siga vomitando billetes, el Nicolás que se abruma ante el detalle de las facturas de los servicios esenciales: cargos normativos, términos fijos, impuestos de hidrocarburos, alquileres de contador, lecturas y consumos, cuotas fijas, tasas e IVA, toda una baraja de letra pequeña que va haciendo del roto un descosido.
Me llamo Nicolás, aunque mi nombre de pila, el del registro y el que firma esta columna sea otro. Usted que me lee, también es Nicolás, porque Nicolás somos todos, vous et moi. Bueno, no todos: nicolases son los que se esforzaron por culminar la titulación académica que hoy les permite ejercer un oficio, los que trabajan por cuenta propia y ajena, y aquellos que sin titulación van dando forma a una meritoria historia laboral. Nicolás es el que se las ve y se las desea para afrontar los plazos de un crédito, para pagar a sus empleados, para liquidar las cuentas con sus proveedores y cobrar las facturas. Nicolás es el que consigue vencer los obstáculos administrativos que ponen en jaque su vocación emprendedora. Nicolás es el funcionario de carrera, el que asciende por méritos, el padre y la madre de familia numerosa de quienes depende un puñado de bocas que alimentar, de intelectos que educar para que, en unos años, sean otros nicolases que sigan lanzando paladas de sí mismos a la caldera de lo público.
A este Nicolás lo han imaginado en Francia, como ejemplo del ciudadano atenazado por los poderes del Estado, que le fuerzan a mantener con su desvelo a una sociedad abúlica. Ese Nicolás, que vive en la gran ciudad, ha estudiado y trabaja de sol a sol, representa al treinta por ciento de los franceses que están obligados a financiar las regalías sin límite de ese país, abanderado de la democracia occidental. Nicolás es el ciudadano responsable al que no le queda otra que aceptar –bajo amenaza de una severa penalización– el continuo asalto de los poderes públicos a su bolsillo, el ciudadano íntegro al que se constriñe para que mantenga al monstruo del bienestar.
Nicolás es un nombre común en tierras galas, lo que en nuestro país corresponde a Paco o Pepe, Lola o Maricarmen, Antonio o Luis, es decir, a ti y a mí, te llames como te llames, personas productivas en edad laboral que hemos aceptado la tiranía del despertador, la jornada laboral de lunes a viernes o el trabajo por régimen de turnos. Somos los Pacos y los Pepes que nos echamos sobre los lomos el peso desmesurado del Estado, los que sentimos el aliento codicioso de nuestro ayuntamiento, nuestra comunidad autónoma, nuestro Gobierno de la nación, nuestra Unión Europea, que nos desangran para cubrir el coste de sus ejércitos de representantes, cargos, personal, técnicos y asesores; asignar fondos que den cuerpo a leyes, normas y disposiciones; levantar las ventanillas recaudatorias; colocar códigos de barras hasta en las motas de polvo y asegurar un flujo siempre creciente de impresos de todos los colores, que debemos entregar correctamente sellados por la entidad bancaria en la que previamente habremos realizado el pago (pagar antes de hablar). Somos los Pacos y los Pepes que sueltan la guita que se sostiene un carajal de ocurrencias para disfrute del votante que apenas aporta nada.
Dice Nicolás, a través de una lluvia de apariciones en las redes sociales, que no quiere seguir costeando las vacaciones de los pensionistas, ni asumir el precio de las actividades lúdicas de los delincuentes. Pepe y Paco añaden que ellos no tienen por qué financiar los desplazamientos de los jóvenes en trenes y autobuses. Lola y Maricarmen están cansadas de que las medicinas no se dispensen en la cantidad exacta que indican las recetas médicas de la Seguridad Social. Antonio y Luis de que los órganos públicos lancen campañas publicitarias de autopromoción. Hartos, todos hartos del despilfarro de ese dineral que ha salido de la cartera de Paco, Pepe, Lola, Maricarmen, Antonio y Luis, los nicolases de este lado de la frontera.
Ojalá aprendamos quién es Nicolás, ¡quiénes somos Nicolás! Y tracemos de una vez la línea roja que el Estado recaudador no pueda traspasar.