Madrid está lleno de cuernos

De toros, aclaro. De los otros es posible que también, pero no es de mi incumbencia. Madrid está lleno de cuernos, repito, porque desde que arrancó la temporada taurina y hasta el próximo 15 de junio, en el que se celebrará una corrida in memoriam del Victorino Martín, por los toriles del ruedo capitalino va sucediéndose la salida de un astado tras otro, lo que suena feo, ya que la tauromaquia es incompatible con las sumas. En el toreo lo de menos es la cantidad y lo de más la calidad, lo excelso, lo irrepetible, aquello que solo puede brindarse en unidades que no se pueden replicar. Pero, claro, San Isidro es lo que es, una feria cargada de acontecimientos en la que cada jornada anuncia seis ejemplares seis de las más acreditadas ganaderías.

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Con frecuencia alguien me lanza un augurio acerca del fin de la Fiesta, como si fuera su irreversible y cercano destino. A partir de la publicación de “Toros para antitaurinos” (ed. Homo Legens), no son pocos los que me consideran una autoridad en la materia, cuando al tratarse de la más inexacta de las artes –por depender del comportamiento de un animal imprevisible y del valor de una persona– se hace razón el dicho que enfatiza aquello de que «de toros no saben ni las vacas», es decir, ni sus criadores, por más que hierro y divisa sean herencia de generaciones. 

Estoy cansado de argumentar contra los vaticinios de aquellos que viven con el malaje sobre los hombros y no están dispuestos a dar su brazo a torcer, ni siquiera a considerar los argumentos que, para no tener que repetirlos, he dejado razonados en mi libro. Para estos inquisidores la tauromaquia está condenada a la extinción desde hace mucho tiempo (desde el primer juego taurino registrado, allá por el siglo XIII). Su pervivencia, creen, solo puede deberse a la terquedad de unos bárbaros que se niegan a pasar por el aro del bendito animalismo, sin apreciar que la vigencia del toreo se sostiene en la libertad de quienes nos pasamos por el arco del triunfo las ideologías del hombre posmoderno. Entérense: un aficionado es la antítesis del pelele que se deja atrapar por el buenismo oficial.

El presidente Trump, que tanto nos desconcierta, ha demostrado que bastan un par de días para mandar al garete el decálogo de ese nuevo paradigma universal. Si es cierto que la mentira tiene las patas cortas (hoy abuso e los aforismos), no lo es menos que una estrategia constante, alimentada con millones y millones de dólares, puede conseguir adormilar a una sociedad que, previamente idiotizada por un hedonista bienestar, acepta la pretensión del ridículo rey desnudo que dice llevar sobre los hombros los más delicados ropajes. Sin embargo, basta con cerrar el grifo público que engorda esta malintencionada y destructiva estupidez para que aflore la evidencia: la verdad es superior a la estulticia, aunque esta reciba la bendición de un cuerpo legal. Hemos sido testigos de que, al clausurar el grifo, EE.UU. ha cambiado inmediatamente la intocable teoría de género por los dos sexos biológicos, se ha vuelto a reconocer a la familia y sus derechos, se emplea el lenguaje sin esquizofrenias en los artículos y morfemas, se pone la naturaleza al servicio del ser humano y los animales –en especial las mascotas– renuncian a ser peluches, confidentes, amigos… para recuperar su condición irracional.

La destrucción de la Fiesta es una empresa más entre los encargos a los sastres de la ideología woke, para la que se han servido de toda clase de socios: desde los nacionalistas y su hostilidad prevaricadora, una vez la Justicia ha reconocido el derecho a que se organicen corridas de toros en Cataluña, al indigenismo populista, que falsea la Historia para apuntillar el legado de España en América. Nacionalistas y populistas no se han molestado en escuchar a la multitud que quiere ser libre.

Entonces, ¿para qué seguir dando razones? Dejemos que hablen los hechos: cada tarde, durante más de un mes, unas veintitrés mil personas llenan hasta la bandera la plaza de toros de Madrid, como han llenado, hasta el momento, las de Olivenza, Castellón, Valencia, Sevilla, Córdoba, Jerez… y llenarán las de incontables ciudades y pueblos de nuestra geografía durante este 2025. Y el año que viene. Y el siguiente. Y el otro… hasta que –si es que se da el caso– la gente se canse y se olvide del drama misterioso que une a un hombre y a un animal peligrosísimo sin la mediación de las nuevas tecnologías, de la Inteligencia Artificial, de la mentira, porque en el ruedo la belleza es auténtica belleza, la emoción es indiscutible emoción y la sangre es sangre con todas sus consecuencias. 

Millones de personas pasan por las taquillas de los cosos de España, Portugal, Francia, México, Colombia, Perú, Ecuador y Venezuela. Millones siguen las corridas a través de la televisión y las redes sociales (la audiencia de los canales autonómicos durante las ferias, sube como la espuma). No existe otro espectáculo cultural que ofrezca estos números, ni siquiera parecidos, que superan tantas artimañas por parte de la cumbre del Poder, obstinado en que los toros no existen hasta donde llegan sus largos tentáculos. Y como colofón al mérito, todos estos logros sin apenas subvenciones.

Madrid está lleno de cuernos desde la primavera al otoño. Son cuernos que no hay que esconder sino mostrar con orgullo, y siempre desde el respeto a aquellos que no sienten interés por la tauromaquia, a los que les resulta indiferente y aquellos que la desdeñan.

Ya vuelven a sonar clarines y timbales.