León, Alcaraz y la montera azul
Una multitud enfervorecida llevaba sobre los hombros, por la calle Alcalá, a José Antonio Morante de la Puebla. El torero victorioso era un paso de Semana Santa. La mayoría de los cófrades que lo jaleaban y mecían como si se tratara de una imagen sagrada, no superaba los veinte años. Pretendían conducirlo en andas hasta el hotel Wellington, en donde tres horas antes el maestro se había vestido con un terno de seda. Les aguardaban –nada más y nada menos– dos kilómetros cuesta arriba y cuesta abajo para pasarse de una espalda a otra el peso generoso del genio ataviado de prusia y azabache. La policía lo impidió, temerosos sus mandos de que aquella pasión popular acabara en revuelta, resistiéndose a admitir que si bien es cierto que en la mayoría de las concentraciones hay siempre quien pierde la cabeza, más si se trata de una aclamación espontánea para coronar a un mito, no hay memoria de altercados vinculados a la celebración de una epifanía taurina.
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Utilizo términos religiosos con toda conciencia del abuso. No en vano, cuando Morante daba una pausada vuelta al ruedo con la primera oreja de la tarde, desde el tendido de sol un admirador le lanzó una mitra papal, que el cigarrero entregó a su cuadrilla para que la conservaran. A causa de aquel frenesí colectivo el diestro parecía encontrarse en la capilla Sixtina y no en Las Ventas, sometido al cónclave que acababa de elegirlo Sumo Pontífice del arte de Cúchares. Su excepcional manifestación con capote y muleta ante un colorado de Juan Pedro Domecq había encandilado al público elector, beneficiario de un pentecostés de toreo que le ha consagrado, con todo derecho, Papa de los ruedos del mundo. El de La Puebla del Río tomó junto a aquella mitra de disfraz el báculo invisible que en su día portara Manuel Mejías Rapela, que se apodaba Bienvenida, a quien Don Modesto, crítico de El Liberal, elevó a Santidad no de la cristiandad sino de los juegos con el toro. El decimonónico gacetillero se vio obligado a matizar su elección pagana: en su obsesión por el léxico eclesial le había concedido previamente a Ricardo Torres, Bombita, el trono máximo, es decir, el papado del toreo, lo que le obligó a realizar un quiebro sugerente: Bienvenida era El Papa Negro, como en las tertulias de sacristía se refieren al prepósito general que gobierna la Compañía de Jesús.
Contagiado por el sano fanatismo de los jóvenes aficionados, en cuanto tomó una ducha y se anudó un elegante batín oscuro, Morante tuvo el gesto de asomarse al balcón principal del hotel madrileño para agradecer tanto cariño y bendecir, con aire pontifical, a la concurrencia vocinglera que había obligado a cortar el tráfico de la calle Velázquez y aclamaba su nombre. En sus ademanes no hubo intención de burla sino todo lo contrario, porque los bautizados tenemos derecho, por la gracia de Dios, a imprimir la señal de la cruz a quienes juzgamos oportuno.
Coincidió esta borrachera dominical y morantista con el triunfo de Carlos Alcaraz en la final masculina de Roland Garros. Fueron seis horas, seis (cifra tan taurina), de igualado combate entre el murciano y Jannik Sinner. Alcaraz demostró, punto a punto, la fuerza de la motivación a la hora de superar adversidades que parecen insalvables. Presumo la responsabilidad que lo embargaba, pues su raqueta no solo se representaba a sí misma sino que sostenía las veintiocho ocasiones en las que un español ha conseguido elevar en sus manos la copa del Abierto de Francia, la más importante en el tenis sobre pista batida que, a priori, se diseñó para que británicos y gabachos se engolfaran en sus laureles, con alguna concesión a los países del norte de Europa y al exotismo de algún atleta de color nacido en las antiguas colonias, pero no para un español de rasgos morunos, otro más después de Rafa Nadal, el ciclón de zapatillazo, que desconoce la palabra rendición y es el referente de la recompensa ganada con sudor y llanto.
El tal Jannik Sinner (que en la traducción de su apellido a nuestro idioma –Pecador– representa a la humanidad que viaja por la historia) fue una de las primeras personalidades a las que recibió el nuevo Sumo Pontífice. Me refiero al de verdad, León XIV, que no es torero ni esconde su afición por el juego de la pelota y la red. El tirolés agasajó al sucesor de Pedro con una de sus raquetas, pero no se atrevió a retarle en la cancha, seguro de que un hombre tan sabio como Prevost debe tener muy claro quién es el número uno en cada disciplina. Si el invitado en aquella audiencia hubiera sido José Antonio Morante de la Puebla en vez del joven atleta, no las tengo todas conmigo de que no hubiera conseguido que el Papa cambiara por un momento su albo solideo por la heterogénea montera azul con la que el sevillano subió, desde Madrid, al Cielo.