Las muescas del dentista

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«La primera señal de que nos hacemos viejos», me explicó mi dentista, «es que a partir de cierta edad se nos quedan restos de comida entre los dientes». Como me encontraba repanchingado en el sillón de curas, no fui capaz de añadir nada a su perspicacia, tampoco certificarle que, de ser cierto, hace tiempo que crucé la linde de esa etapa provecta de la vida, pues cuando como o ceno fuera de casa hay veces que me arrepiento de no tener a mano un cepillo o uno de esos palitos de colores –interdentales los llaman, para no decir mondadientes, que es demasiado castizo– con los que podría salvarme de situaciones comprometidas.

A los dentistas les gusta hablar cuando su paciente está desarmado. Este solo puede emitir un gemido si la dosis de anestesia no ha logrado cumplir su función. También puede corroborar con un «ajá» de boca abierta el discurso del odontólogo, que parece gozar al tener a su presa amarrada bajo la lámpara del quirófano: al no podérsele escapar, recurre sin misericordia a sus anécdotas de la mili, a las razones por las que siempre ha sido del Real Madrid o a su apuesta por la tortilla de patatas sin cebolla y poco cuajada, «que se desparrame al meterle el tenedor», especifica con el torno en la mano como un florete.

La consulta del dentista se ha convertido en mi segunda casa, ¡maldita sea! Hasta hace tres años era solo un lugar de visita circunstancial, poco apetecible, inquietante cuando aparecía una caries. El sacamuelas apenas sabía nada de mí, ni yo era consciente de su nombre de pila. «Abra usted un poco más la boca», era lo mollar de su discurso. Un trozo de composite aquí, otro allá, las muelas del juicio que me fueron extrayendo a lo largo de mi primera juventud, alguna limpieza que cubría el seguro médico… y pare usted de contar. Pero pertenezco a una generación en la que solo los niños afortunados se beneficiaron de los tratamientos de ortodoncia. No fue mi caso. En mi familia el esfuerzo económico lo hicieron con el mayor de los hermanos, como si con él bastara para demostrar a las visitas la belleza de nuestros piños. Y no es que mis dientes fuesen el teclado roto de un piano viejo. Es más, tuve la suerte de que apenas se me montara la esquina de una paleta sobre la otra, así como un par de dientes de la mandíbula inferior, nada grave si me comparo, por ejemplo, con los actores y cantantes de aquel tiempo (el Miguel Bosé del “Super Superman”, antes de que le reconstruyeran la boca con carillas, los chavales que veraneaban alrededor del barco de Chanquete).

Mis hijos sí llevan sobre su boca el sudor de nuestra frente (el de mi mujer y el mío), y así les luce, que cada vez que sonríen, el mundo parece un poco mejor. Su infancia hizo que me acostumbrara a las cajas porta-aparatos de quita y pon, a los bloquecitos de cera, a los brackets de aluminio, a las revisiones y más revisiones, así como a toda clase de adminículos para evitar deformaciones bucales en las horas de sueño. Por ellos, quizás, me decidí a dar el paso. Por ellos y por la presión de mi entorno: mi hermana, que pasó por los correctores transparentes, otro de mis hermanos, que a sus cincuenta decidió aherrojar su sonrisa, y tantos amigos que se han fortalecido las encías, se han recolocado la dentadura o se la han blanqueado en tonalidades fluorescentes.

Hace tres años, cuando abrí por primera vez la puerta del consultorio del ortodoncista, mi vida quedó atada a una nueva cadena: factura viene factura va, presupuestos y más presupuestos a los que es muy difícil decir que no, citas quincenales, semanales y más citas (para radiografiar, escanear, medir, intervenir …), así como una carretilla de moldes para desplazar mis piños hasta donde mi naturaleza y mi edad lo han permitido.

Me suelo acordar de una amiga, que vivió uno de los momentos más desagradables de su vida en el potro de tortura de un dentista. Como a todos, el estomatólogo le pidió que girara hacia él, un poco más, la cabeza, y que abriera la quijada todo lo que dieran de sí sus tendones. Se trataba de enroscarle un implante, es decir, una muela de pega que venía a cubrir cierto vacío mascador. El doctor, que iba a rematar la faena con aquel trofeo sujeto a una carraca, se puso a perorar de algún tema que a la paciente, supongo, le interesaba tanto como conocer el nivel del agua en los pantanos del estado de Misuri durante la canícula de 1913. Impulsado por el entusiasmo, el pelmazo se irguió sobre su banqueta e hizo uso del lenguaje no verbal mediante el movimiento compulsivo de sus brazos. Fue cuestión de un instante: la muela se desprendió del torquímetro y se introdujo por la boca de mi amiga, quien, en un acto reflejo, la deglutió. Lo que siguió fue un despropósito: el dentista trató de rescatar la prótesis, con sus dedos enguantados en látex, del interior de las fauces de la paciente, a la que aquel proyectil inesperado le había cerrado la glotis y que trataba de no ahogarse. «¡La tengo! ¡La tengo!», exclamó el ortodoncista. Pero no era cierto: al rozarla la empujó e hizo que mi amiga se la tragara. El sacadientes, abrumado, le sugirió el único modo de recuperar el valioso implante… Huelga decir que no estoy dispuesto a describir la resolución del caso.

En mi última consulta, después de que me permitiera enjuagarme la boca, le reconocí al dentista que mi cuerpo tiene ya unas cuantas muescas que testimonian el paso de los años, a las que él acababa de sumar las troneras de mi dentadura, que si me descuido enseñan a ojos indiscretos de qué se compone mi dieta, ¡Dios mío! «Ya te lo dije», señaló mientras se quitaba los guantes con un simpático “plop”, «los restos de comida son una advertencia más de que el tiempo pasa irremediablemente».

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