Las manos del diablo

Loung tiene mi edad. Nació en una ciudad camboyana sujeta a las dos estaciones que dividen el año atmosférico en el Oriente: la de los cielos limpios de nubes (las calles cubiertas de contaminación) y la de las lluvias torrenciales (las calles convertidas en torrenteras). Loung disfrutaba de la infancia segura que se respira en los hogares unidos. A su madre le sobraba rigidez y le faltaba soltura para hacer compatibles los esfuerzos de criar seis hijos con las facilidades que acompañan a la clase media. Por eso, la chiquilla había creado un lazo de unión más fuerte con su padre, un hombre optimista y expansivo que se mostraba tierno con cada uno de sus hijos, especialmente con Loung, a la que entendía mediante el simple intercambio de una mirada. 

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A las pocas semanas de su quinto cumpleaños, a Loung se le dislocó la dichosa seguridad. Hasta entonces, su casa había sido el escenario de los juegos de una niña de riquísima imaginación. También fueron telón de sus fantasías la azotea del edificio, las calles del barrio, el patio del colegio, el piso de sus abuelos, el parque… porque para un niño el universo es una pantalla sin límites en la que volcar el ensueño, al tiempo que aprende dónde están los límites de la prudencia. 

La pesadilla dio inicio como una fiesta colectiva: las aceras se poblaron de gente entusiasmada que vitoreaba a unos jóvenes vestidos de negro al uso de los jornaleros del campo, que desde las vagonetas de un sinnúmero de camiones disparaban al aire y proclamaban la llegada de un tiempo nuevo para Camboya, que desde entonces iba a llamarse Kampuchea Democrática, el edén en la tierra, la Arcadia para un pueblo que debía caminar al mismo son, con el mismo paso y hacia el mismo destino, sin propiedades ni sumisiones.

Loung bajó a la calle con sus hermanos para unirse al jolgorio. No entendía las proclamas de los Jemeres Rojos ni por qué le asustó, de pronto, el brillo que centelleaba en sus ojos. Subió las escaleras en busca de su padre, al que describió aquel bullicio antes de pedirle que la acompañara a levantar los brazos al paso de las camionetas. Pero aquel hombre en quien todo lo confiaba cortó en seco el divertimento y reunió a la familia para desenmascarar a aquellas milicias. «Vienen a por nosotros; a por todos los habitantes de la ciudad». Sabía quién era Pol Pot y las intenciones con las que había asaltado el poder. Acababa de dar comienzo el más espantosos de los regímenes de terror del siglo XX, a rebufo del comunismo asesino de Mao. 

Los Jemeres tenían órdenes de acabar con los cientos de miles de ciudadanos que se habían beneficiado del progreso que se condensa en las urbes, así como con aquellos que hubieran tenido contacto con los bienes de consumo que traían el sello de algún país extranjero, con los que guardaban ahorros, vestían al estilo occidental o de los que pudiera sospecharse cualquier vinculación con la cultura (por su modo de hablar, por su acento, por la tersura de la palma de sus manos, por llevar gafas…). Todos ellos –incontables– eran un lastre para el proyecto de colectivismo agrario. Urgía detenerlos, matarlos sin necesidad de juicio, evacuarlos a las aldeas donde iban a reeducarlos en los principios del Angkar, nombre que dieron al partido.

Aquel desfile clausuró de urgencia la infancia de Loung, que se vio obligada a convertirse, junto a los suyos, en un fantasma con otra identidad. En un instante aprendió a mirar al suelo, a permanecer callada, a amputar los felices tentáculos de su creatividad, a desligarse de toda la dicha que recibió desde el día de su nacimiento. Nadie podía saber quiénes eran, de dónde provenían, a qué se habían dedicado. Con el tiempo, su adorado padre les descubrió que no les quedaba más remedio que huir los unos de los otros, para que fuera mayor su probabilidad de supervivencia. 

Loung conoció en qué consisten los paraísos utópicos del marxismo aplicado. Aplicado mediante la consigna del hambre bajo un orden de esclavitud para ancianos, adultos y niños, que trabajaron de sol a sol los campos de arroz y las huertas mientras se consumían de inanición, pues los alimentos fueron la moneda con la que Pol Pot pagaba las armas a China.

Llevarse unos granos a la boca mientras sembraban y cosechaban en los humedales, suponía un castigo de tortura o muerte. Robar una mazorca de maíz, suponía un castigo de tortura o muerte. Caer enfermo o sufrir cualquier impedimento para trabajar, suponía un castigo de muerte. Aquellos esqueletos enfebrecidos que hundían las piernas en el lodo terminaron por sumarse a los más de dos millones de camboyanos a los que asesinó el régimen.

Contra todo pronóstico, Loung sorteó los fusiles de los Jemeres durante los cuatro años que duró aquella locura. Tuvo que ver cómo los soldados se llevaban a su padre para asesinarlo, se encontró con la repentina ausencia de su madre y de su hermanita pequeña, a las que también mataron, acompañó la agonía de otro de sus hermanos, convivió con cadáveres en descomposición y consiguió resistir apenas con un puñado de arroz cada día. Además, escapó de un intento de violación, sorteó las balas de las fuerzas vietnamitas y se zafó de la metralla de la guerrilla roja. 

Me lo ha contado ella misma en las páginas de las memorias de la primera etapa de su vida. Ahora sé que nuestro mundo conoció la bestialidad del régimen y no hizo nada por aplacarlo. Ahora sé que todo se fraguó en una de las principales universidades europeas, donde avivaban a los alumnos de las antiguas colonias para que versionaran el materialismo europeo según parámetros tropicales. Y me siento roto, porque Loung y yo tenemos la misma edad; mientras yo seguía disfrutando de la infancia, ella se convirtió en un juguete en manos del diablo.