Hacia el final de la tierra
Uno de mis hijos ha culminado el Camino de Santiago. Eligió en esta primera ocasión el llamado \"Portugués\", y cogió el hatillo en la ciudad de Oporto. Como viene sucediendo desde antiguo, tiene la certeza de haber experimentado una mudanza interior.
Las suyas han sido trece etapas, unos doscientos cincuenta kilómetros con sus correspondientes albergues y cientos de encuentros en veredas, remansos, cimas, claros de bosque, playas, acantilados, arcenes, terrazas, bares, fuentes, plazas, calles y callejas. Le ha sorprendido descubrir que cada viajero tiene su propio motivo que justifica la aventura de echarse la mochila a la espalda y romper a caminar. Y lo ha descubierto porque el Camino invita a soltar la hebra cuando, en el transcurso de la hazaña, uno va coincidiendo con la misma gente. Sentados en el suelo, a la mesa o tomando unas cervezas debajo de una sombra, el desconocido comienza a hacerse habitual, hasta que se fragua un vínculo por compartir una misión que llama a la confidencia.
Muchos, aun sin ser conscientes, traen un lastre sobre los hombros. Paso a paso van desgranándolo sobre el terreno que pisan, de modo que el Camino ejerce en ellos un efecto sanatorio. El lento cambio en el paisaje les permite, a otros, hurgar en los pliegues del corazón, allí donde escondemos los asuntos importantes no resueltos. Muchos se toman el recorrido como un deporte entre colegas, lo que está muy bien aunque se antoja poco motivador. Los más extraños buscan experiencias esotéricas, que suelen terminar en decepción al comprobar que el sol sigue saliendo cada mañana. Me contó mi hijo de caminantes felices por haber iniciado más de una amistad. Estos le aseguraban que el cansancio acumulado y la dificultad de algunas etapas les permitió enfrentarse a sus debilidades y superarlas. Los urbanitas no ocultaban su asombro ante el poder hipnótico de la naturaleza, a la que en la ciudad damos la espalda. A la vez que avanza en el mapa, la mente del caminante se va llenando con los rostros de aquellas personas a las que debería pedir perdón, y la meditación a la que obligan las horas de marcha acaba por animar al aprovechamiento de la indulgencia plenaria: al llegar a la tumba de Santiago reciben la absolución en nombre de Cristo, al que comulgan en unión con la Iglesia universal. Y aquello les libera definitivamente la conciencia de todos los óxidos entre el dulce el aroma del botafumeiro.
El Camino permite gozar de la compañía de gente muy diversa. Los hay que llegan de países lejanos, desde la otra cara del planeta. Y los hay que viven en la misma localidad del caminante pero se mueven por órbitas muy diferentes. Para sorpresa de todos, pronto descubren que tienen entre sí muchos elementos en común, que eso de que el ser humano es un animal social no es solo una brillante cita. Un fuerte contenido religioso da cuerpo a la peregrinación. Unos tienen fe, otros anhelan descubrirla y la mayoría –hijos de su tiempo– son indiferentes ante la existencia de Dios porque nadie les ha mostrado que viaja a nuestro lado. Eso sí, perciben una misteriosa atracción, la fuerza de un imán por el que se levantan con el sol para continuar hacia el final de la tierra conocida, ese Finisterre, campo de estrellas donde se veneran las reliquias del apóstol y abunda la Gracia.
Perdido por las vías que conducen a Compostela, el andariego cae en la cuenta de que somos apenas una mota de polvo en el devenir de la historia. La gloria, el éxito, el fracaso, el dolor, la rutina... de pronto son circunstancias pasajeras. Lo importante es que todos tenemos a alguien que nos aguarda, que nos necesita, para quienes somos fundamentales, que nos reclama ciertos cambios en nuestra conducta, quizás alguna sonrisa de más.
Mi hijo se refirió al contenido de su mochila. Para avanzar a buen paso es necesario que sea ligera, que contenga solo lo preciso, que para el peregrino son muy pocas cosas. ¡Qué lección! La vida también es un peregrinaje: nacimos desnudos y moriremos sin fuerzas para agarrarnos a los cachivaches con los que hemos colmando el mercadillo de nuestra vanidad.
Por esos territorios la higiene es limitada, muy limitada, y apenas hay exigencias estéticas. Las prendas se lavan a mano cada tarde para darles un nuevo uso a la mañana siguiente. Acabada la jornada, el calzado podría caminar por sí solo. Las suelas coleccionan barro, alquitrán, verdín, y su interior es un paraíso para la ciencia micológica. El caminante acepta el inconveniente de la lluvia, dormir con extraños en la misma litera; compartir ducha y retrete... todas las miserias corporales de la especie que en la vida ordinaria procuramos disfrazar: el verdadero olor de la humanidad, los ronquidos y las voces sonámbulas, los ayes a causa de un tirón muscular o de la planta de un pie en carne viva cuando roza la tela sintética del saco de dormir.
He dicho muchas veces que no me veo con ganas ni motivación para hacer el Camino. Sin embargo, ahora que mi hijo relata sus andares por aquellos itinerarios que desde el siglo IX llevan pesares, arrepentimientos y peticiones, noto las miserias que guardo en mis bolsillos, acumuladas a lo largo de mis cincuenta y cinco años de vida, y pienso que debería desprenderme de ellas por esos atajos.