Escribir por naturales

Hay oficios que no pueden quedarse colgados en el perchero –pongamos, durante las horas de sueño– porque no van ligados a una nómina sino a una vocación, entendida esta como una llamada, no como la elección entre varias posibilidades. Hay quien trabaja en un banco las horas estipuladas por el convenio del sector, o abre la persiana de un comercio de diez de la mañana a ocho de la tarde, incluso en horario ininterrumpido. Los hay que conducen un camión o un autobús municipal, venden seguros, cuidan jardines, atienden las mesas de un comedor, reparten el correo postal, limpian las calles, arreglan motores, dan clases en un colegio o en la universidad, sellan caries o destazan terneras de Ávila… y se sienten justamente orgullosos por su desempeño, entre otras cosas porque contribuye a que la vida resulte más fácil para todos. Sin embargo, gracias al Cielo, esas mismas personas prescinden con pleno derecho de ser conductor, vendedor de seguros, jardinero, camarero, cartero, basurero, mecánico, profesor, dentista o carnicero cuando cuelgan los guantes hasta el día siguiente y cuando, ¡loado sea Dios!, disfrutan de las vacaciones.

Decía que hay oficios que no permiten ese ser o no ser, o ese ser intermitente, y uno de ellos es el de escritor, porque escribir compromete las veinticuatro horas del día (con su correspondiente noche, que a veces los sueños son fuente de arranque para un poema, un artículo o un relato). Lo mismo sucede con el resto de las dedicaciones artísticas, porque quien las desempeña llegó a la vida con la semilla de la creatividad arraigada, sin mérito por su parte, mérito que en otros desempeños es el estudio de una licenciatura, el aprobado de unas oposiciones, el traspaso de unos conocimientos o habilidades heredadas.

Al escritor –¡a todo artista!– le persiguen los demonios de lo que aún no ha realizado. Por eso anhela poder firmar una obra sublime, definitiva, superior a todas las anteriores, que justifique ante el mundo todo aquello a lo que se vio obligado a despojarse a partir de que sintiera, por primera vez, la picazón en las yemas de los dedos, es decir, el empujón de las palabras que construyen las tramas, los argumentos, las imágenes, las sensaciones, los personajes y diálogos, impacientes por saltar al papel.

El toreo también es una vocación, un sello definitorio que quedó estampado a fuego antes del primer llanto. Es un cometido de cariz sagrado, una invitación divina o, por decirlo de otra manera, una elección que está por delante de la voluntad (cualquiera puede desear convertirse en torero mediante un heroico empeño, pero ni siquiera el oropel del traje de luces garantiza que llegue a serlo –oh, paradoja– aunque goce de las mieles del éxito). El toreo es el aceite con el que se unge a los reyes en el ceremonial de su coronación, que no está necesariamente vinculado al devenir de la historia, a los cambios de régimen, se unte o no el crisma en la piel.

El toreo y la escritura marcan carácter, al igual que tres de los siete sacramentos de la Iglesia Católica, que no se borran del alma del fiel por más que este se aplique a rascarse con piedra pómez. El escritor será escritor aunque renuncie a utilizar pluma y papel, aunque le amputen las manos y sus dedos no vuelvan a corretear por el teclado, aunque pierda la cabeza o se le sequen las ideas. Sus latidos serán de escritor, sus respiraciones de escritor y sus pasos de escritor; llevará al escritor en la mirada, en la dicción y en el fluir de la sangre. El toreo, a su vez, será torero aunque la suerte le sea esquiva y las circunstancias (¡en el universo del toro hay tantas!) le recorten las alas. Será torero aunque su carrera profesional se estanque en las novilladas sin picadores, aunque una cornada le retire para siempre, aunque no llegue a confirmar en Madrid o no consiga desprenderse del baldón de ser "torero de la localidad" o "torero de la provincia", que es lo mismo que no poder hacer el paseíllo más allá de unos linderos demasiado estrechos.

Será torero cuando, por no alcanzar el tan codiciado éxito, pase a formar parte de una cuadrilla, en la que podrá ir de lidiador o de tercero. Será torero cuando se enfrente al largo parón que suele seguir al día de la alternativa, ingrato castigo para los elegidos que han adquirido el hito de doctorarse, como si al esfuerzo moral (qué torero no se ha visto forzado a rendir su infancia y adolescencia para vivir como un hombre entre adultos pasados de rosca), al temporal (años en el escalafón inferior hasta sumar los paseíllos mínimos a los que obliga la Ley), al corporal (críos con los huesos rotos, con la piel abierta, con el fuego de la cornada en las ingles, en el estómago, en el cuello…, bajo la amenaza perpetua de las guadañas del eral, del utrero, tan certeras como las del cuatreño y el cinqueño) y al esfuerzo económico (préstamos, deudas, acreedores, intereses, avales, vencimientos, plazos…) que desangra para siempre la economía doméstica de los hogares humildes.

Pese a toda esta retahíla será torero, de los pies a la cabeza, de la pila al entierro y más allá, en la vida eterna. No en vano, escuché al sacerdote que solía confesar a Antonio Bienvenida su deseo de llegar al tendido del Cielo, para ver una y otra vez a su matador ante un encierro de seis bureles, de doce, de dieciocho… Bienvenida es torero en el Paraíso, torero para siempre, y va de feria en feria componiendo carteles inverosímiles con su padre, con su hermano Manolo, con Antonio Ordóñez, Manolete, Juan Belmonte, Paquirri, Curro Puya, Joselito el Gallo, José María Manzanares, Pepe Luis (padre e hijo) y Manolo Vázquez, con todos aquellos que fueron paridos toreros, también peones y picadores, y hasta rejoneadores que prefirieron ese título nobiliario a la aristocracia que se concede a las cabalgaduras.

Acabo de hacer mención a algunos astros que aparecieron en las páginas de La Lidia, de El Ruedo, de Dígame, de Aplausos, y podría reseñar a aquellos que se asoman a cualquiera de los portales taurinos que actualizan al instante la información de lo que sucede en la plaza. No son los únicos. Temporada tras temporada, en publicidades a página completa, titulares obsequiosos y fotografías con las manos cerradas sobre los peludos trofeos, vemos a hombres a los que la alternativa les otorgó el título de maestro, pero que no son toreros, cuánto lo siento. Les sobraba oficio pero les faltó afición para gastarse hasta sus últimos días en favor de su profesión (triste término, porque torear es todo menos un quehacer, una obligación, un empleo por el que se cotiza a la hacienda pública). Una vez se retiraron, apenas volvieron a pisar una plaza, renegaron de las tertulias, se alejaron del campo donde se crían los toros bravos, buscaron una y mil escusas para esconder los alamares y regresar al anonimato, para que su gloria terrenal pasara al olvido, como si esta hubiera sido un bonus, un variable entre los premios que a veces nos otorga la existencia. Del mismo modo, también hay personas que escriben y publican, pero que no son escritores sino advenedizos, vendedores de ejemplares al peso, farsantes de la literatura.

Hablaré de los escritores, pintores, escultores, músicos… que nos entendemos tan bien con los toreros. Como a ellos nos persigue la torturante sensación de que no hemos alcanzado la cumbre, esa obra que supere nuestra imperfección. Como a ellos nos acompaña el silencio creativo, tantas veces la incomprensión y también los halagos, la admiración y el capricho veleidoso del público. Nos sabemos elegido y de alguna manera llamados a cumplir un extraño mandato: alentar la felicidad de quien nos lee, nos mira, nos contempla, nos aplaude en el proceso creativo, porque el artista nunca es más feliz que cuando realiza su obra, es decir, cuando caligrafía el inicio de una novela, cuando va manchando el lienzo o sacando la forma del corazón de la piedra, cuando une las notas para formar una melodía, cuando ofrece un capote abierto al aire, a la nada, pero sus ojos ven el perfil oscuro del animal más intrigante de la Creación, con el que tarde o temprano se encontrará cara a cara.

Toreros y escritores nos necesitamos. Unos para transformar la fuerza bruta en delicadeza, otros para contarlo. No me refiero necesariamente a volcar en la página de un periódico lo que ha sucedido en una tarde de toros, sino a que la sutileza del toreo, su imposibilidad de sobrevivir al instante, la disposición por parte del esteta a entregar su propia vida por algo aparentemente sin valor como un natural… deben activar nuestra conciencia ante ese don caprichoso para manejar los mimbres de la materia prima (en mi caso, la palabra) para entrar en los espacios más íntimos de nuestros semejantes, que se estremecen con el libro entre las manos o sentados en su localidad de cemento.

El escritor debería medirse respecto al ejercicio del toreo, el único arte que sublima las demás artes porque compromete cuerpo y alma, la totalidad del ser humano, estimulándonos a ejercer nuestro oficio a su imagen y semejanza, es decir, como si fuera un sacerdocio.