En un momento de distracción

Escribo apenas un puñado de palabras y los ojos se me distraen con el paisaje que tengo en frente, un escenario que culmina la cuerda de una sierra bajo el asfixiante calor de los días postreros del mes de junio. Por la ventana, abierta de par en par, se cuelan zumbidos de abeja, cantos de vencejo y, a ratos, el molesto rugido de una sierra de calar. Cuando se calma el aire, revolotean las mariposas en un zigzagueante sube y baja de guiños amarillos, blancos, naranja y negro sobre un arco de tonalidades y trazas en verde, desde el acerado de un bosque de eucalipto cuyos troncos delinea el sol con delicadeza, al brillo de un laurel flamígero, escoltado por dos avellanos cuyo follaje parece elaborado con recortes de papel, que dejan caer la lengua azulada de sus sombras por un murete cuyas piedras mezclan con sutilidad pigmentos de cobalto, de ocre y bermellón. Por detrás de las ramas bamboleantes de los avellanos, permanecen firmes los nogales, en los que se redondean, en racimos de tres o cuatro frutos, la nueces del invierno, protegidas por una cáscara dura y amarga, sonajeros colmados de savia. Adivino, entre la penumbra, el arranque de una sabina joven que proyecta un caprichoso damero de islas radiantes de hierba. Desde su abrigo, la pendiente se desliza hasta un antepecho sobre el que descansan los renuevos díscolos de una parra. Más allá, un zarzal sobre el que descansa un oleaje de colinas que cubre la falda de la sierra, por cuyas laderas ascienden los pastos castigados por los rayos inmisericordes del verano, que se mutan en el malva de las cimas, puerto de atraque para los cúmulos que navegan a la deriva por el cielo, y que con su vapor velan el perfil de las cumbres.

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Saucos, olmos, castaños, tejos, un cedro y varios árboles frutales terminan de cubrir el paisaje que domino desde la balconada. Azulean los agapantos entre los fuegos artificiales de las hortensias, explosiones en malva subido, pompas sonrosadas, lunas llenas, globos violeta suspendidos sobre un tapiz de macizos glaucos. Pestañeo antes de salir de semejante espectáculo y volver a posar los dedos sobre el teclado, pero enseguida los levanto, pues mis yemas prefieren atrapar el recuerdo del tacto frío y recio de esas flores que son una huella divina sobre los suelos ácidos y las umbrías de los jardines.

Canta un gallo a destiempo, al que responde otro en la lejanía, retándose en un constante duelo a muerte que no se consuma por vivir cada cual en la prisión de su propio gallinero. Mi oído cree interpretar el griterío avícola: «¡Vente p’acá!...», suelta uno. «¡Que voy p’allá», responde el otro, en ocasiones con una súbita afonía. Mientras, una urraca se posa en el alero de mi casa, una de las atalayas desde las que inspecciona su territorio, cuyos linderos están marcados por los cuatro o cinco tejados de la barriada. Cuando considera que todo está en orden, emite un áspero graznido y bate las alas hacia otra de sus torres de vigía, sobrevolando la copa de una higuera silvestre que esconde a un pequeño bando de estorninos de plumaje jaspeado, que como niños de guardería corean canciones en corro. 

Se desliza una lagartija por una de las jambas que sujetan el ventanal, se detiene, me mira inmóvil, saca un par de veces su lengua bífida y balancea la cabeza a tal velocidad que parece arrancar fotogramas entre movimiento y movimiento. Aparto la mirada ante el paso de una rapaz que surca la inmensidad con aristocrática quietud, aprovechando la carretera invisible de una corriente cálida. Rececha desde la altura la pista de ratones y musarañas invisibles a mis ojos y, de pronto, se vacía en un chillido alborozado, como si estallara de felicidad. 

Precavida, una gata con manchas producto de mil cruces, que lleva las orejas mordidas en las refriegas nocturnas y la marca de sus costillas como vestidura del hambre, trota con el cuerpo encogido de camino quién sabe a dónde. Quizás alimenta una nueva camada al amparo de una cuadra o bajo el asiento de un viejo tractor carcomido por el óxido porque su dueño murió sin un pariente a quien legárselo. Quizás sigue una pauta de cada mañana, que le conduce a las ruinas de una vivienda donde roncan los murciélagos que al caer la tarde dibujan quiebros en el vacío, y se da un festín de esos roedores voladores y ciegos, con los que se llena el estómago, las venas y el pelo tricolor de parásitos, parásitos que también colman la leche con las que da de mamar a su numerosa rastra de mininos legañosos.

Vuelvo en mí. Han sido unos minutos, solo unos minutos. ¿Tres, cinco…? Unos minutos en los que las vistas de mi ventana me han tomado de los cuellos de la camisa y me han zarandeado para obligarme a alzar los ojos desde el cursor parpadeante a la amplitud, como si quisieran advertirme que lo mejor de la vida nada tiene que ver con la feroz actualidad, mucho menos con la urgencia, con el cúmulo de compromisos, con el racimo de gestiones que colman cada día en un sucesivo ahora, en un ya impositivo, en una atención exagerada a lo que no sabemos quién espera de nosotros, si es que hay alguien que realmente lo espere, alguna persona que considere necesaria nuestra actividad incansable.

La naturaleza nos pide contemplación, silencio atento, para poder brindarnos la apasionante escenografía del mundo y su continuo movimiento, donde todo se antoja parte de un milagro: la luz, la tierra, las especies, lo grande y lo pequeño, el morir diario del sol antes de que baje el telón sobrecogedor de las estrellas. Y nos lo estamos perdiendo.