El tango eterno de la feminidad
(Homenaje a Sofía Rubio)
No se me olvida la mañana en la que me reuní con Pilar Castañón alrededor de un café. Me confesó que me leía desde mis tiempos en la revista TELVA, cuando un joven de veintitrés años se coló entre las columnas de Covadonga O´Shea y José Luis Olaizola, a página completa. Fue mi primera oportunidad en prensa, y la apuesta salió bien: durante cerca de ocho años desgrané un estilo y contenido nuevos en el universo de los artículos de opinión, en los que di de lado a la política y a la actualidad. En TELVA tuve libertad absoluta para transformar aquel espacio en el universo de mis intereses. Por eso dediqué tantas tribunas a las mujeres de mi vida: mi madre, mis dos abuelas, la abuela de mi mejor amigo, la mujer que ayudó a cuidar a todos los hermanos desde mi nacimiento, mi hermana Sofía, las hermanas de mi madre (especialmente Paloma, que a causa de una meningitis infantil entendía el mundo de una manera limitada y divertidísima), mi suegra y cuñadas y, sobre todo, Mayra, de la que por aquel entonces me enamoré y es mi esposa, un regalo inmerecido, mi compañera de los últimos treinta años, mi referente, mi guía, la madre de mis hijos, mi todo.
Pilar me habló de un proyecto: iba a poner en marcha una nueva publicación dirigida a las mujeres, con formato de revista. Me encantó la idea, y más su propuesta, a qué negarlo, pues quería una de mis tribunas cada mes, en una sección que llevaría mi nombre. Me sentí muy honrado y motivado, pues en TELVA había recibido un portazo sin explicaciones (Covadonga O'Shea, fundadora de la cabecera e imán para tres generaciones de lectoras, que había hecho de la revista una referencia mundial de calidad y elegancia ajena al amarillismo que invadía a la competencia, también desapareció de TELVA como por arte de magia).
Pilar me confió el nombre de su proyecto: \"Woman Essentia\", es decir, \"Esencia de mujer\", lo que me trajo el eco de una de las escenas más elegantes de la historia del cine, aquella en el que Al Pacino, un militar al que una ceguera sobrevenida ha agriado el carácter, baila un tango en un restaurante de Nueva York con Grabrielle Anwar, una actriz británica cuyo físico quita el hipo. Más allá de la coincidencia cinematográfica, \"Woman Essentia\" llegaba para reconocer la feminidad, conjunto de dones exclusivos de la mujer, que, entre otras cosas, son fundamentales para reafirmar nuestra masculinidad en el cuidado y el respeto, en la misión y el esfuerzo compartido, en la fortaleza y propagación de la vida, en la defensa de la dignidad de todos los seres humanos.
Desde entonces, \"Woman Essentia\" me obliga a vivir ojo avizor para encontrar mujeres atractivas (y no solo en lo físico). Confieso que es una búsqueda sencilla, porque abundan mire donde mire, aunque los medios de comunicación se empeñen en regalar tanto espacio a aquellas otras –¡pobrecitas!– que, víctimas de una nueva ideología, se han arrancado la belleza, la fortaleza, la delicadeza, el ímpetu, la audacia, la valentía, el cuidado, la generosidad de corazón, el olvido de sí, el afecto, la maternidad y tantas otras cualidades definitorias de su sexo. Es cierto que sus proclamas empapan a las nuevas generaciones, y por eso urge –y esta revista es un inmejorable altavoz– mostrar a aquellas que, por ser de una pieza, merecen ser conocidas.
La última que he encontrado se llamaba Sofía Rubio, una alta directiva. Antes de morir a causa de un cáncer muy agresivo, tuvo arrestos para sentarse a escribir un libro maravilloso, \"Mi maratón\". El título refleja una de sus pasiones: viajar por el mundo de carrera en carrera. De hecho, su enfermedad dio la cara en la última competición en la que participó: el maratón de Amsterdam. Pese a los fortísimos dolores que paralizaban una de sus piernas, logró cruzar la meta. A partir de entonces emprendió una lucha en clara desventaja contra un tumor inusual, siempre acompañada por su marido –el amor de su vida– y por sus tres hijos, a quienes decidió no ocultar la cruda realidad. Entre medias fortaleció su fe; se sentía una elegida, una niña pequeña a la que acunan los brazos paternales de Dios, que a través del cáncer le acortaba el camino a la santidad. Sofía, a pesar de sus limitaciones, también se empeñó en atender a los más necesitados, hasta que se le agotaron las fuerzas.
El atractivo de Sofía Rubio se reforzó, sin ella pretenderlo, mediante la sinceridad con la que fue escribiendo distintas cartas a los suyos (aparecen en el libro, que es de obligada lectura). Imprimió una nueva orientación a su afición por el deporte, dio la vuelta a sus errores como trampolín para ser mejor persona, intimó con Jesús de Nazaret –¡sin ñoñerías!– en la oración, dichosa de compartir su cruz y de poder abrazarlo. En un gesto de magnanimidad que la retrata, una semana antes de su fallecimiento convocó a los padres y profesoras del colegio de nuestras hijas para presentar \"Mi maratón\". Aunque la enfermedad había consumido sus últimas fuerzas, aprovechó la oportunidad para difundir su mensaje, que se resume en aprender a ser feliz en cualquier circunstancia, con los pies anclados en la tierra y los ojos fijos en el Cielo. Solo ella y su marido sabían que era una copa de fino cristal a punto de romperse, y que para asistir a la presentación había tenido que recibir más medicinas de las habituales, que una venda de compresión oprimía su pierna enferma, que iba a necesitar ayuda para abandonar el salón de actos y que al día siguiente tendría que pagar con creces las consecuencias de tanta generosidad. «Disfruto hablando de Dios», confiesa bajo una de las fotos que ilustran su libro, como resumen de su misión.
\"Woman Essentia\", esencia de cientos de miles de mujeres como Sofía, cuya fortaleza sostiene el mundo en las situaciones más complejas. De fondo, las notas de un bajo, un violín y un bandoneón. Una pareja baila eternamente al son del tango.
https://www.womanessentia.com/personas/protagonistas/el-tango-eterno-de-la-feminidad/