El Paraíso del suicida
Los seres humanos llevamos grabado en el ADN el afán por vivir desde siempre y para siempre. Aunque nadie guarde recuerdos de su nacimiento, como si se tratara de una nebulosa incierta, todos tenemos la impresión de que no hubo un primer día, como si lleváramos en la vida desde siempre.
Al revisar antiguas fotografías familiares, en las que aún no estábamos porque todavía no se nos esperaba, nos embarga una sensación extraña, como si contempláramos una farsa en la que nuestros parientes estuvieran jugando a la gallinita ciega con nosotros y disfrutaran al hacernos invisibles. Algo parecido experimenté en el Museo del Prado, que tiene tres posibles visitas: la de quien va con el exclusivo propósito de contemplar pinturas más o menos antiguas, la de quien va con la intención de pasear por la historia a través de distintas imágenes que retratan una pasada realidad, y la de quien conjuga ambas formas de recorrer sus salas. Aquel día me adentré por los corredores como quien forma parte del mismo tiempo que vivieron los retratados (dejo a un lado la pintura religiosa, la fantástica, la alegórica y la mitológica, aunque cabría ponerse en los ojos del artista y de quien hizo el encargo de aquellos lienzos). Me enfrenté a los cuadros en presente (en el presente de los personajes desde que empezaron a latir en la tela), consciente de que me ilumina el mismo sol que caldeó a los retratados. De ese modo me embargó una extraña seguridad, al advertir que esas figuras estáticas no son reyes, príncipes e infantes de tiempos pretéritos; clérigos, soldados, burgueses y mendigos de los que no queda constancia ni del lugar en el que reposan sus huesos, porque los miraba y me miraban, en un latido compartido. Y aunque me separan tres, cuatro, cinco, seis, siete siglos... lo que comprenden de doce a veintiocho generaciones de muertos, durante aquellas horas me dejé llevar por la fuerza del ADN, que canta a la vida imperecedera, para ser contemporáneo de cada uno de ellos.
Pensarán que soy víctima de ciertas alucinaciones, que sufro estados parciales de locura, que busco algún juego literario con el fin de impresionar a los lectores más sencillos... La muerte es siempre una realidad incómoda, un cierre con el que no queremos contar a pesar de que no podremos librarnos de ella, molesta compañera de viaje, un sinsentido según dicta nuestro espíritu, que se niega a que la materia se deshaga como un azucarillo. Tampoco me siento cómodo al pensar en el más allá para convertirlo en un agarradero, en un consuelo con formas de nubes y de tipos vestidos con túnicas blancas armados de liras y de otros espantosos instrumentos. Mis moléculas no tienen añoranza de semejante escenario infantil, sino de una vida parecida a la única que conozco, la que puedo ver, escuchar y tocar con las manos. La información genética en la que se destraba cada una de mis cuarenta billones de células, se proyecta en este hoy y ahora, pero sin dolor, límites ni final.
Hay muertes y muertes: las de las masas anónimas que relatan cada día, desde la indiferencia, las agencias de prensa; las de los personajes más o menos públicos que acompañan nuestro deambular; las de las personas con las que hemos mantenido algún tipo de trato y las de aquellas a las que estamos ligados por la fuerza constructora del cariño. También hay muertes que provocan una especial zozobra: las de los niños, las de los adolescentes y los jóvenes, las de todos aquellos que no deberían morirse porque el mundo –el nuestro y el de todos– los necesita. También las de los suicidas, que en su tragedia quiebran la dirección irrevocable del ADN hacia la eternidad, al menos en una descorazonadora apariencia.
Al recibir la noticia del suicidio de una persona cercana, un cristal empapado en veneno nos taja el corazón, provocándonos un ahogo existencial que, a partir de entonces, permanece agazapado entre nuestros miedos. Un suicidio es un telón de oscuridad, una cicatriz que necrosa la virtud de la esperanza, una quemadura extrañamente fría.
La visión idealizada de los poetas románticos no resta un ápice al horror vacui que desata un cadáver que lleva las huellas dactilares de su propia muerte. La visión deshumanizada de los existencialistas, de los nihilistas, de los utilitaristas... ahonda el absurdo de todo autofinal, con la eutanasia incluido. El suicidio, todo suicidio, es el más desolador de los fracasos. Es cierto que a veces llega empujado por el enigma de lo inevitable; la ciencia apenas sabe nada acerca de los agujeros negros de la psique, tumores intangibles y devastadores que anulan el dominio de la voluntad, como apenas sabe nada acerca de la huida sin retorno por la que se despeña la mente de quien recibe un golpe anímico insoportable. Pero es cierto que hay suicidios voluntarios, demasiados y evitables.
El Instituto Nacional de Estadística ha publicado las cifras de suicidios en adolescentes (de 15 a 19 años) durante 2024. En porcentaje (qué fea operación matemática con la que medir la tribulación) han crecido un 20 % respecto al año anterior, lo que suma dos... seis... quince... setenta y seis muchachos y muchachas que rompieron el lazo que los sujetaba a la vida. Habría que buscar también las cifras de quienes lo intentaron sin conseguirlo, pero el solo propósito hace que me desmorone.
No sabemos para cuántos quitarse la vida fue la resolución forzosa de una enfermedad que terminó por anular su libre albedrío. No sabemos para cuántos fue el resultado de un cortocircuito emocional para el que no estaban preparados. Para el resto fue la consecuencia del desencanto ante un entorno que no logró aliviar sus heridas incorpóreas: soledad en un tráfago de movimiento y de ruido; aislamiento entre semejantes que no se detuvieron a intercambiar con ellos una sonrisa; hundimiento ante la construcción de Venus y Adonis con Inteligencia Artificial; sustitución del calor de la amistad por la frialdad de un programa algorítmico disfrazado de simpatía; descubrimiento inesperado de la frustración; señalamiento y acusación desde la cobardía del anonimato; ignorancia del Amor paternal y misericordioso de Dios; ausencia de familia; resquebrajamiento del hogar; falacia de ideologías materialistas; extravío en un mapa de caminos revueltos...
Aún así, el ADN de todos esos jóvenes llevaba el sello y el destino de la inmortalidad, de una vida sin esas simas, de praderas abiertas donde lucen la vegetación y la fauna del Paraíso, de amistades y amores recíprocos. Es un sello que late más allá del suicidio, un destino que conduce a la dicha sin fin en donde nos esperan.