El papá de la patria

En la clasificación de malas personas, las manipuladoras ocupan uno de los primeros puestos, pues su objetivo es el dominio y sometimiento de los demás, aprovechándose de su jerarquía, es decir, del poder que le confiere su puesto o rango. El manipulador retuerce el alambre para complacer sus intereses, importándole una higa el daño que pueda provocar. No es difícil concluir que todo manipulador es injusto, mentiroso, sarcástico, hiriente, falso, acomplejado, humillador, interesado, vengativo, traidor, maquiavélico, poco empático, soberbio, falaz, mordaz, egoísta, voluble, caprichoso, parcial, iracundo, pagado de sí mismo, vacuo, tirano, vanidoso… En conclusión, un perfecto gilipollas.

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Hay padres y madres manipuladores, que se sirven del chantaje emocional para evitar que sus hijos descubran y disfruten la libertad y sus límites, evitando que tengan que enfrentarse a los riesgos que conlleva la aventura de vivir y, por ende, a toda responsabilidad. Forjan hijos dependientes, asustadizos, inestables, antojadizos, materialistas… gilipollas en potencia. Sus padres, que ya tienen enmarcado dicho título, dibujan el mapa de vida de sus vástagos, en el que no se contempla que jueguen a sus anchas sino que cumplan el perfecto manual del ciudadano triunfador, inclusivo y progresista, con el que les atorarán el sano desarrollo psíquico mediante una y mil actividades «útiles», en un intento frustrante por culminar el proyecto que ellos han dejado a medias. Estos padres les dan a elegir los alimentos que salen a la mesa, les imponen dietas saludables, les hacen la cama, los visten de marca, les colocan un televisor y un ordenador en la habitación, acceden a que en el colegio reciban lecciones de técnicas sexuales, les impiden hacer pandilla durante los veranos, los hipnotizan con teléfonos de última generación, les resuelven las tareas escolares, estudian a la par los contenidos de la primaria, la secundaria y el bachillerato, les consienten y ríen todas las gracias, los acompañan a sus actividades vespertinas (aguardan en la sala de espera de la academia de chino cantonés; les desanudan las zapatillas para embucharles las botas de equitación; los someten a todo tipo de sacrificios para que brillen en tal o cual deporte, por si suena la flauta y son ellos los que lleguen a gozar de los beneficios de los atletas de élite: pasajes de primera, hoteles de cinco estrellas, una nuera que se llame Georgina o un yerno que responda al nombre de Ronaldo; les encanta que a mitad de la noche esos hijos se les encaramen en el lecho matrimonial con la excusa de que sufren pesadillas, ya tengan dos años o treinta y siete, edad en la que quizás abandonen esa cama a tres cuando toque organizar una boda de ensueño, con fiesta pre y post, banda en directo, payasos, mago y fuegos artificiales, prólogo del culebrón de un carísimo divorcio de Georgina o de Ronaldo, siempre atados y bien atados a las garras de papá y mamá.

Pasaré de puntillas sobre los jefes manipuladores, habituales en todo tipo de negocios. Poco importa que ejerzan su dictadura en alguna de las empresas del Ibex, en una franquicia de mercerías o en un convento (las heridas de la naturaleza humana son transversales, de modo que afectan a todas las relaciones inter nos). También hay empleados manipuladores, por supuesto, que hacen uso de sus retorcidas triquiñuelas para hundir al compañero, apropiarse de las medallas que no le corresponden y medrar a costa del resto de la plantilla. También manipulan maridos y esposas, profesores y alumnos, escritores y editores, médicos y pacientes, los parientes entre sí… No necesariamente todos, por supuesto, ni en todo momento, faltaría más.

Los manipuladores, los auténticos manipuladores que ejercen hasta dormidos, son especialistas y, por tanto, habas contadas fáciles de detectar. Fríos, calculadores y ejercitantes de la Ley del Talión, gustan vestir –ellos– de traje azulón, preferiblemente con solapas estrechas y pantalones slim. Como están locamente enamorados de sí mismos, gastan parte de su tiempo frente al espejo, ante el que ensayan sus movimientos y miradas conquistadoras, a la vez que repasan las zonas del rostro que exigen otro retoque estético que endosarán al contribuyente. Estos manipuladores, a los que gusta ir bien perfumados, dominan voces: la del gatito enternecedor, la del arengador de masas, la de pío pío que yo no he sido, la del hombre decente que cumple sus promesas, la del tergiversador de la realidad, la del embaucador y la del embustero. Sabemos que apenas les afectan las desgracias ajenas; por eso hacen oídos sordos cuando la multitud menta a la madre que los parió con feas hipérboles. Vacíos de empatía, no tendrían problema en vender a dicha madre con tal de no desprenderse del tocador, la maquilladora y el peluquero.

Nuestro gran manipulador juega a ser el padre de la patria. Nos enseña con amable didáctica lo que está bien y lo que está mal, lo que es la paz y lo que es la guerra, quiénes son los buenos y quiénes son los malos, al tiempo que nos previene del fascismo que crece como los hongos y se rasga la camisa para que entendamos de qué está compuesto el amor (del eros que le llevó a dirimir, durante cinco días de tensión desbordada, si España podía permitirse su definitiva ausencia, lapso que aprovechó –no tengo dudas– para mover hilos poderosos que puedan salvar a su señora de una colección de feos delitos mangoneados a su amparo; del ágape que recoge y ampara al compositor e intérprete de la magnífica Danza de las chirimoyas y del no menos sublime fado portugués No sé donde está mi despacho). Este papá de la patria es un manipulador de libro, un hombre sin piedad, un sádico, un engañabobos, un desestabilizador, un coleccionista de ladrones y sinvergüenzas, un sujeto demasiado peligroso.