El Fary en bermudas
La primera vez que visité un desierto, me sorprendió comprobar que los espejismos no son como los dibujan en los tebeos. El golpe de fuego que cae desde la altura no provoca un fenómeno suficiente para que nuestra imaginación levante un dulce oasis de palmeras datileras, con una balsa de agua turquesa donde saciar el hambre y la sed. Los espejismos los forman las llamas del sol al zurrar la desnudez abrasadora de la tierra, sobre la que se eleva el giro loco de los remolinos, que levantan espirales de polvo y hierba reseca que bailan de un lado a otro del paisaje, tras el que se encuentra esa mentira óptica que hace retemblar el horizonte para dar a nuestros ojos la percepción de que existe una laguna a lo lejos que, en realidad, brilla por su ausencia.
Al igual que el calor produce espejismos, desfigurando la realidad, las temperaturas que rompen los termómetros desde finales de mayo a agosto provocan una distorsión colectiva sobre la percepción corporal, es decir, sobre quiénes somos y cómo nos presentamos ante nuestros semejantes.
Me considero un hombre que viste correctamente según el guion de cada momento. Y si de pronto tengo un desliz a la hora de escoger o combinar las prendas de mi armario, mi mujer se encarga de espabilarme en menos que canta un gallo. Sin contemplaciones me señala la camisa, el pantalón, el cinturón, los calcetines, los zapatos, la chaqueta –y la corbata si es menester– que me corresponden. Ambos estamos de acuerdo en que no debo jugar con fuego, porque a la hora de hacer un primer juicio del sujeto que acaba de entrar por la puerta, no queda otra que endilgarle la información que nos brinda a través de su indumentaria. Por eso es tan fácil distinguir a un dandi de un hortera, a un hombre discreto de un cursi, a una persona bien vestida de un estrambote.... porque el hábito hace al monje.
Pero el calor trastorna hasta a la gente más recta. Recto era don Mariano, mi profesor de matemáticas, que no necesitaba elevar la voz para hacerse respetar por la chiquillería. Pero eran llegar los primeros alientos de la canícula que perdía toda su hidalguía. Quizás fuera viudo, no lo sé, o soltero. Quiero decir, es posible que no tuviera una esposa que impidiera sus crímenes en la elección del atuendo, porque don Mariano desempolvaba, a partir del mes de mayo, su colección de trajes marrones claros, que iban desde el café manchado al blanco roto, con sus correspondientes solapas generosas y una corbata que combinaba, en distintas franjas, las tonalidades del pelaje del hurón macho. Era el ropero del profesor de matemáticas un atrezo de ocres, sienas tostadas, tierras, chocolates y hasta grava volcánica, que resaltaba la blancura de su tez y el castaño de sus patillas y su bigote. Pero la cumbre de la confusión en la que le hacía caer el calor la concentraba en sus pies, calzados con unos calcetines garbanzo que combinaba con un par de zapatos de rejilla.
Pobre don Mariano, que durante años creyó que aquellas trazas le aliviaban del bochorno, como lo creen aquellos hombres que, a la mínima que se puede dormir con las ventanas abiertas de par en par, salen a la calle repletos de sutilidades: desde la gorra flúor de ancha visera a las gafas de ver que se van ahumando a medida que aumenta el resplandor del sol; de las camisetas de publicidad a aquellas que, sin ser objeto de publicidad, publicitan el logo y la marca como si el usuario fuese un anuncio, polos y camisetas que pueden traer cuello o prescindir de cuello, estar apretadas u holgadas dependiendo del volumen de la barriga cervecera, con mangas hasta el nacimiento del bíceps o sin mangas, de tela cerrada o con agujeritos a lo largo y ancho de la prenda, para que transpire la piel acogotada por el sudor.
Si sigo bajando por la anatomía del hombre ataviado para el bochorno (en sus dos acepciones), me detengo en la cintura. En el estío la abraza eso que algunos llaman bolso marsupial, que mediante un inteligente juego de cremalleras permite transportar el teléfono móvil, la tarjeta bancaria, las monedas para el helado o el refresco, y el cortaúñas, en un todo en uno que se antoja comodísimo. Y los hay más atrevidos, que insertan en la hebilla una cadenita de la que cuelgan las llaves que portan en uno de los bolsillos.
Observo el pantalón, que ya no es una pieza completa que baja de la cadera a los talones, sino un calzón cuyas perneras acaban a mitad de las rodillas. Cabe que la bermuda tenga cierta clase (por el diseño, por la tonalidad, por el remate en doble vuelta, por las pinzas a ambos lados de las ingles, por los bolsillos traseros con solapa o sin solapa) y cabe que siga las tendencias del pantalón estrecho (ese que ahora llaman slim), como los que aprietan los muslos torneados de Pedro Sánchez en Lanzarote, o peor aún, que se trate de unas bermudas home made cortadas de un tijeretazo allí donde un pantalón había empezado a sacar brillos; lo más espantoso es que esos calzones caseros antes fueran un pantalón de vestir –en el colmo de los colmos– del color hueso como los que lustraba don Mariano.
Las bermudas, háganme caso, no son una buena elección para el hombre corto o largo de piernas, mucho menos si supera los cuarenta y cinco, edad con la que el uso habitual de calcetines se ha llevado por delante la pelambrera de las pantorrillas. Pero los calzones son peor elección si, por no mostrar esas pantorrillas lampiñas, el hombre se las cubre con los mismos calcetines de media caña que lo han condenado a la alopecia pernil, muy en especial si se trata de calcetines que traen, además del canalé, el tinte de la piel de los camellos. También caben los pies desnudos en el interior de unos mocasines (mal), de unas sandalias de tiras anchas (muy mal), de unas sandalias de tiras finas (estoy a punto de echar a correr), de un zueco (¡ay, ay, ay!...) o de una chancleta.
Es lo que tiene el verano, que todo lo distorsiona, desde los espejismos del desierto al aspecto de ese tipo de hombre que, me temo, tampoco le gustaría al Fary.
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