De mudanza

Prometo solemnemente superar cualquier conmoción si ahora mismo sonara el timbre de mi nueva casa y, al abrir la puerta, me encontrara de sopetón con San Ignacio de Loyola apostado sobre el felpudo como un repartidor de Amazon, como un cartero comercial. Que conste mi devoción a tan insigne santo, columna de la Iglesia y responsable principalísimo en la evangelización en medio mundo. Así que este compromiso a superar el susto nada tiene que ver con la impiedad, sino con mi deseo de que el guipuzcoano que fundó la Compañía de Jesús compruebe por sí mismo la necesidad de replantear su conocida sentencia –que forma parte de los textos correspondientes a la primera semana de sus ejercicios espirituales–: "En tiempo de desolación nunca hacer mudanza".

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Amablemente invitaría al primer general de los jesuitas a que pasara al recibidor, que continúa semana y media después repleto de cajas de cartón, y enseguida le conduciría al salón, convertido en un almacén de cuadros y esculturas (es lo que tiene dedicarse a estos menesteres artísticos), para después llevarle a mi despacho, en donde se acumula un mar de plásticos de embalar con sus correspondientes crujidos de pompas reventadas cuando camino por encima de ellos (es posible que San Ignacio no tenga que posar los pies sobre el suelo, como atributo de su corona de Gloria). Allí está mi escritorio, que ahora es un revoltijo de todo lo que no tiene que estar sobre un escritorio: puntas de acero, cuelgafáciles, tornillos, destornilladores, mi ordenador, facturas, carpetas, una guía de bolsillo con cien estiramientos para después de arrastrar enseres, un martillo, la impresora, un paquete de folios a punto de acabarse, un metro retráctil, cables con USB, un cúter, cables sin USB, pinceles, brochas, la figurita metálica de una simpática liebre, una cinta de carrocero, un bote de pintura, una pila de fotografías enmarcadas, varios rollos de cinta de embalar y una bolsa de bridas de plástico para atar las ramas díscolas de alguna enredadera.

Vamos, soldado de Loyola, subamos las escaleras que conducen a la buhardilla. Son empinadas, con un complicado paso en la vuelta hacia el segundo tramo, donde apenas hay espacio para girar el cuerpo, claro que para el santo eso no supondría mayor problema; de hecho, no me extrañaría encontrármelo sobre el escalón superior, que los cuerpos gloriosos tienen el don de la sutilidad con el que atraviesan la materia. En todo caso, una vez arriba, me pregunto dónde se colocaría para ver el espectáculo, si sobre una montaña de libros sin clasificar o sobre las guitarras de mis hijos, que todavía no han encontrado una ubicación. Puede que don Iñigo se sentara sobre una alfombra enrollada, o tuviera que encogerse entre la base de un pupitre y la caída del techo a dos aguas, o que, por no poner cuidado –un descuido lo tiene cualquiera–, derrumbara la torre de cajas donde siguen archivados documentos y contratos, los papeles de la renta, cuadernos de dibujo, apuntes de la carrera universitaria de tres de mis cuatro zagales y vaya usted a saber qué más. Cuando uno cambia de residencia debe asumir que pasarán semanas antes de saber dónde están cada una de las cosas que formaron parte de su antiguo hogar.

No albergo dudas acerca de la reacción del ilustre universitario que impuso a sus hijos espirituales el cuarto voto, el de obediencia al Sumo Pontífice, ante tamaño campo de batalla. Así quedó una vez los operarios de la mudanza depositaron la última caja, se sacudieron las manos, cobraron lo que se les debía y entonaron en voz alta un sincero «¡Que sobrevivan al desorden!», antes de subirse al camión de portes. La reacción del fundador del espíritu ignaciano no puede ser otra que la reformulación de su famosa suma, que si bien la redactó con una intención meramente espiritual, ante la debacle familiar que supone dar vida a una nueva casa, le exigo que la baje al suelo, que le dé un guiño de carne y hueso, que sus palabras coman el polvo de la anarquía de un hogar en el que cada enser desconoce cuál es su sitio. El llamado "Papa negro" sabrá apiadarse de quienes nos hemos propuesto iniciar una nueva etapa (en nuestro caso, continuar la vida que teníamos, pero en un escenario distinto) sin haber calculado el precio que hay que pagar (y no me refiero, precisamente, al económico, a pesar de que mudarse conlleve, también, un buen tajo a las arcas familiares).

"En tiempo de desolación, no hacer mudanza", aconsejan aquellos que beben de las fuentes culturales de este hermoso país cuna de santos y sinvergüenzas, de sabios y analfabetos. Y el consejo prestado tiene todo el sentido, ya que la pena, la inquietud, la angustia, la urgencia, la ansiedad… no son amigas de los cambios o, mejor dicho, nos empujan a hacer cambios nada convenientes. Pero para las mudanzas, es decir, para los traslados de casa puede que suceda justamente lo contrario: primero viene la mudanza y enseguida, cosida a ella, la desolación.