Consejos de mi tía Agapita

«La lectura es la medicina que nos salva de la fugacidad del tiempo y, por tanto, del olvido», dice mi tía abuela Agapita, que es una gran lectora y, por tanto, maneja un rico vocabulario.

Observo ahora mismo los lomos de los ejemplares que custodian mi despacho, con la seguridad de que son mis principales maestros, incluso aquellos que tengo pendientes de abrir para deslizarme por las líneas de su argumento. En estas últimas semanas me han conducido por los horrores parcelados en las cuadraturas siniestras de Auschwitz, en donde la deriva del superhombre fue capaz de arrancar las tripas a todos aquellos que no consideró dignos de haber nacido. Y como el superhombre siempre se cree cabecera de una casta de elegidos, los asesinados fueron millones en ese y otros campos de exterminio. Gracias a Dios, no ha sido ese el único destino al que me ha llevado el placer de leer en estos días. De una forma sutil y divertida, Fabrice Hadjadj, filósofo converso al cristianismo desde el ateísmo macerado en una familia judía, me ha explicado los innumerables motivos para creer con la fuerza de la certeza en la resurrección de Cristo, como primicia de dónde acabarán nuestros huesos (unidos a nuestra carne y nuestra alma) una vez pase este \"mal sueño en una mala posada\". Y entre medias, el más importante de nuestros escritores naturalistas me pasea por el paisaje anaranjado de óxido junto a un chaval ciego y su inocente lazarillo, una zagala de la que está –permítaseme la redundancia– ciegamente enamorado.

Gracias a la enseñanza de los autores de estos libros –novelas, ensayos– conozco mejor las caras poliédricas del ser humano, al mismo tiempo que me reconfirman que la especie solo ha evolucionado en los aspectos externos (eso que llamamos progreso, avances técnicos), porque por dentro (allí donde nacen nuestras grandezas, nuestras aspiraciones, nuestras bondades, nuestras pasiones positivas y negativas, el mal que somos capaces de hacernos y hacer a nuestros semejantes, así como la luz del arrepentimiento) la cosa está dibujada desde que nos expulsamos del Jardín del Edén, a pesar de que la tramoya de los siglos haya construido escenarios en movimiento, desde la sobria decoración de las cavernas a la sofisticación del minimalismo con las que algunos decoradores terminan por apagar el calor de hogar.

Entre los adelantos, ninguno como los nuevos oficios, vinculados a esta locura colectiva que se agrupa bajo la campana de internet, que entre muchas otras cosas ha alicortado las posibilidades de nuestra riquísima lengua castellana. Los programadores son los cerebros grises fundamentales para que todo, absolutamente todo, dependa hoy de las habilidades de sus encajes de bolillos tejidos con ceros y unos: desde los dispensadores de medicinas, que han convertido muchísimas farmacias en un espectáculo de George Lucas, con su tobogán que escupe a velocidad sideral trankimazines para el niño y la niña, hasta la distribución eléctrica –con apagón y todo–, pasando por los teléfonos móviles que nos espían o por esa red estratégica de cámaras con las que el Estado nos vigila desde que abrimos la puerta de casa, para asaetarnos con multas de todos los colores e impedirnos el completo ejercicio de nuestra libertad.

Pero hablaba de la conversión de nuestro queridísimo vocabulario de origen latino, que no encuentra términos para designar estos trabajos de nuevo cuño ligados a internet: especialistas en marketing online, call center, digital management, blogger, copywritter... y las cerezas del pastel: youtuber e instagramer. Grabar vídeos (otra voz inglesa, a la que en España le hemos calzado una tilde que no reconocen nuestros hermanos del otro lado del océano) para publicarlos en el canal Youtube ha merecido semejante título profesional, al que las nuevas generaciones dan un prurito de excelencia. Afirmar que Menganito de Tal es youtuber equivale a reconocer que es persona exitosa, lista, inteligente, capaz, adelantada, visionaria..., más allá del contenido de sus cortos documentos audiovisuales, que pueden abarcar desde la explicación básica de la esencia, la forma y el accidente según la filosofía de Aristóteles, a cómo distinguir el relleno de una aceituna según el pimiento venga de Nájera, de Lodosa o Palencia, o los distintos modos de sacarse un moco de la nariz.

Dicho lo dicho, qué decir (me asalta otra redundancia, qué mal día llevo) del que rubrica su nombre impreso en una tarjeta con el título de instagramer. ¡Chas! Parece que hay un estallido de estrellas y confeti, que al instante se prende un bosque de bengalas, que el cielo se cuaja con sonidos polifónicos de trompeta, que la humanidad toda se detiene para romper en una larga ovación... Pero, se pregunta mi tía abuela Agapita, ¿cuál es el cometido de este oficio? (su rico vocabulario permite apreciar que es una mujer leída). «Fotografiarse de la mañana a la noche», le explico, «para que, a través de la red de redes, el mundo se asombre ante nuestra felicidad cuajada de sonrisas, porque todo, todo lo que nos rodea, es del color de rosa. Es más, ese rosa fulgurante nos lleva de viaje, de compras, nos viste, nos hace ricos, nos libera en una y mil sonrisas, nos posee... y tal vez nos aniquile». Y la tía Agapita, con la sabiduría que brinda llegar a la cima la edad, me aconseja: «vuelve a la lectura, que es la medicina que nos salva de tanta idiotez».

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