XXII Edición

Curso 2025-2026

Vasco Vargas

Bajo el juicio del mar

Vasco Vargas, 17 años

Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)

Aquella mañana el mar lucía un aspecto grisáceo y las lanchas se balanceaban lentamente, como si estuvieran cansadas. Don Aurelio caminaba por el muelle con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el horizonte. Hacía cuarenta años que salía a pescar desde aquel puerto, pero tenía la impresión de que la jornada iba a ser diferente. Pensó que los chillidos de las ruidosas gaviotas eran una premonición.

–¡Abuelo, espérame! —le llamó Mateo, su nieto, que se le acercaba a la carrera, jadeando

Don Aurelio se volteó y se fijó en que el muchacho tenía los ojos brillantes, cargados con la misma curiosidad que él tuvo de joven. Juntos embarcaron en la vieja lancha. El motor rugió con dificultad y comenzaron a alejarse del puerto. El pueblo se fue quedando atrás, hasta que desapareció en el horizonte.

De pronto la superficie del mar se inquietó. Las olas golpeaban con fuerza la embarcación, como si quisieran advertirles de algo.

Un tiempo después, el motor se detuvo, y un silencio denso cayó sobre ellos. Don Aurelio intentó arrancarlo, pero no lo consiguió. La corriente arrastraba la lancha mar adentro. Mateo, asustado, miró alrededor. Solo los acompañaba el océano.

—¿Abuelo, qué hacemos?

El viejo no le respondió. Observó el cielo oscuro y al mar enardecido. Entonces le sonrió al muchacho, agarró los remos que estaban en el fondo de la barca y se los entregó.

—Hoy vas a aprender algo que no te enseñan en la escuela —dijo con calma—. Escucha: el mar siempre pone a prueba a los que lo quieren.

Mateo comenzó a remar torpemente. La espuma de las olas reventaba contra la lancha y el viento soplaba cada vez más fuerte. Durante horas tuvieron que luchar contra la fuerza de la naturaleza, hasta que volvieron a ver el puerto como una pequeña mancha de luz.

Cuando tocaron tierra, el sol se levantaba detrás de las casas. Mateo dejó los remos, agotado y don Aurelio observó el mar por última vez.

El anciano no regresó aquella tarde para salir a pescar, pero, a partir de entonces, cada día una pequeña embarcación navegaba desde el puerto con un muchacho al timón. Era Mateo, que miraba el horizonte exactamente igual que su abuelo.