XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Flavia Gutiérrez

Ausente

Flavia Gutiérrez, 14 años

Colegio Salcantay (Lima, Perú)

Daniel yacía sobre la cama, inmóvil. En su dormitorio todo transcurría con normalidad: el reloj de la mesilla marcaba las siete, una jarra conservaba un poco de café del día anterior y la ventana entreabierta permitía que se colara un aire frío.

Entonces se levantó. Cuando llegó al umbral de la puerta, para su sorpresa, volvió la vista atrás y se observó a sí mismo todavía en la cama, con los ojos cerrados, las manos a los costados y el cuerpo quieto. Asustado, volvió sobre sus pasos e intentó tocarse a sí mismo, pero no pudo: su mano le atravesó el cuerpo.

Angustiado, salió de la habitación en silencio y caminó por la casa. El pasillo era estrecho y conservaba marcas antiguas en la pared. Abrió la puerta del baño y corrió a mirarse al espejo. El azogue le devolvió una imagen extraña de sí mismo, pues su reflejo aparecía y desaparecía dependiendo del ángulo en el que él se parara.

Acudió a la sala. El sofá seguía cubierto por una manta mal doblada que ocultaba una antigua mancha de café. Sobre un mueble descansaba un marco con una fotografía. en la que aparecía él junto a su madre, sonriendo en un parque muchos años atrás. Apiladas, también había viejas tarjetas de cumpleaños con la firma de sus amigos, mezcladas con algunos retratos de todos ellos en situaciones divertidas.

Daniel no entendía qué estaba pasando. Necesitaba beber un vaso de agua para despejarse. Avanzó hasta la cocina y descubrió que en la mesa había dos platos ya servidos.

Entonces se abrió la puerta principal. Era su madre, que entró con naturalidad, se descalzó, dejó las llaves sobre un aparador, caminó a la cocina y tomó asiento ante uno de los platos.

—¡Se te va a enfriar! —dijo en voz alta.

Daniel permanecía de pie, frente a ella.

—Mamá —la saludó, pero su madre no levantó la vista sino que esperó un par de minutos. Luego se puso a comer.

Acabó el segundo plato, suspiró y procedió a vaciarlo en el fregadero. Inmediatamente avanzó hacia el dormitorio de Daniel, abrió la puerta y se quedó inmóvil. Su grito llenó la casa.

Cayó de rodillas junto a la cama, tomó la mano de su hijo y la sostuvo con fuerza, como si así pudiera lograr que le respondiera. Lloró sin decir una sola palabra. Su llanto no se detenía.

Daniel se le acercó por detrás, con lágrimas en los ojos, para abrazarla y decirle que se encontraba bien, pero sus manos, de nuevo, atravesaron el aire y retrocedió, con el corazón acelerado. De pronto, todo se oscureció

Se despertó sobresaltado. Estaba echado en su cama. El reloj marcaba las siete. Tardó unos segundos en entenderlo todo: lo que había visto, su cuerpo inmóvil, la casa vacía, el llanto de su madre… había sido partes de un sueño que había sentido tan real que aún le temblaban las manos. Pensativo, se sentó en el borde de la cama y la puerta se abrió.

—Buen día, hijo —le saludó su madre—. ¿Dormiste bien?

Daniel dudó antes de responder.

—Sí —mintió.

Ella sonrió y le dijo:

—Preparé el desayuno. Podemos salir después, si quieres. Como cuando eras pequeño. ¿Qué te parece?

Daniel recordó el sueño: a su madre llorando junto a la cama, la casa en silencio, la soledad. Pero había sido solo eso. Un sueño. Nada más. Y así iba a quedarse. Nada cambiaría; nunca sería testigo de aquello que había visto mientras dormía. Luego volteó hacia su madre, mirándola fastidiado y casi enojado.

—No empieces tan temprano —dijo—. Ya no soy un niño.

Su madre parpadeó, sorprendida y ligeramente triste.

—Solo pensé que…

—Pues pensaste mal —la interrumpió subiendo el tono de voz—. No pienso perder mi tiempo de esa forma.

Ella guardó silencio. Asintió con un gesto casi imperceptible y cerró la puerta con cuidado.

Daniel se quedó solo. El reloj seguía marcando las siete.