XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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La estrella roja
Duna Oltra, 15 años
Colegio Vilavella (Valencia)

De repente se rompió por la mitad. Pero no hubo ningún estruendo, ni siquiera un leve sonido. Carola se quedó estupefacta: no podía apartar la mirada de la estrella roja convertida en dos mitades. La tenía desde niña, y la verdad es que no le había prestado mucha atención a lo largo de los años, aunque siempre la había tenido a su lado, en el estante, acumulando polvo la mayoría del tiempo y, en otras ocasiones, actuando de pisapapeles.

Al tomar los dos pedazos entre las manos le asaltaron muchos recuerdos, instantes vividos en su habitación junto a sus compañeras de clase, o cuando se sinceró con su madre diciéndole que estaba enamorada, o aquellas navidades que pasó con gripe, en las que un médico vino a visitarla.

Carola estaba recogiendo sus cosas, pues se marchaba de casa para empezar la universidad, cuando —y sin saber por qué— cogió la estrella roja para meterla en una caja con el resto de las pertenencias que iba a llevarse. Con la estrella en las manos, empezó a sentir tristeza y nostalgia, una mezcla de culpabilidad y necesidad de protección. Estaba rota; había llegado el final de aquel adorno.

No pudo evitarlo: empezó a cuestionarse si la estrella roja había tenido más importancia de lo que pensaba, si aquel regalo de no sabía qué familiar, en qué momento de su niñez, le había aportado compañía o si reflejaba la evolución de su vida. La cuestión era que había estado siempre junto a ella, sin «pedirle pan», como se suele decir. Al mirarla, intentando encontrar una perspectiva, hizo un símil entre la estrella y su vida.

Las dos habían recorrido un trozo del camino y seguían igual. Tal vez por fuera podía parecer así, aunque Carola hubiera crecido en estatura y en talla de zapatos. Pero seguía teniendo los ojos castaños, las orejas puntiagudas y una sonrisa contagiosa. La estrella conservaba el mismo color rojo de siempre y sus cinco brazos. Sin embargo, Carola había madurado y podía gestionar su vida.

Salió de la habitación. Dejó la caja abierta, la ropa extendida sobre la cama y la mochila en el suelo. Entró en el despacho de su padre, abrió el segundo cajón del escritorio y localizó el tubo de pegamento. Apoyó suavemente la estrella sobre la mesa y la pegó con cariño. Al fin le dio el valor emotivo que le correspondía. Una vez se secó, la envolvió en un pañuelo de seda, que encontró también en el despacho. Sería de su madre.

Al día siguiente, su padre cargaba en el coche las maletas, la caja y la mochila. Carola, a su lado, llevaba su bolso y, dentro de este, el pañuelo de seda que acunaba su estrella roja. Su evolución desde la infancia. La estrella iba a ser el ancla y el puerto al que todo marinero vuelve después de echarse a la mar. La estrella iba a ser su punto de retorno a la Carola de verdad.


 
 
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