XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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La calle gris
Duna Oltra, 15 años
Colegio Vilavella (Valencia)

Hace más de veintidós años que nadie habita la Calle Gris, antes Calle de las Flores.

Se ubica en el centro de Taberno, un pequeño pueblo del interior de Almería de contados habitantes que viven de la agricultura. Los niños juegan al aire libre y la escuela no cierra los fines de semana.

La última vecina que vivió en la Calle Gris fue la señora Adela, viuda del alcalde, que murió de vieja pero con muy buen color de cara. Todas las mañanas regaba sus plantas, daba igual que hiciese frío o calor: abría los balcones y uno a uno iba mojando los maceteros coloridos.

En la escuela cuentan a los niños que la señora Adela no quiso mudarse porque aquella había sido su calle durante toda su vida. Allí tenía los recuerdos de su infancia, de su madurez y de su vejez. Los hijos de Adela intentaron que se fuera a casa de alguno de ellos para que no estuviese sola, pero ella no quiso.

Picados por la curiosidad, los niños preguntaban por qué ahora nadie quería atravesar esa calle para atajar hasta la plaza, pero ni sus padres ni maestros les daban una explicación.

A escasos kilómetros del pueblo, en una casa-cueva vivía Roberto, de ciento dos años, que conservaba el pelo, aunque blanco ya, y leía sin necesidad de gafas. Había nacido también en Taberno y había conocido a Adela y a muchas otras personas, muertas ya. Él era el último de toda una generación. Había trabajado toda su vida de carpintero y aún pastoreaba un pequeño rebaño de cabras, con cuya leche fabricaba el queso que vendía en el mercado de los sábados.

Un sábado, Camila se detuvo ante el puesto de Roberto. Era una niña forastera y con dos largas coletas de color cobrizo. Había venido con su familia a pasar el fin de semana en el pueblo y quería comprar dos quesos para llevárselos a la ciudad. El padre de Camila era de Taberno, pero se casó con una mujer de Murcia, y por eso residían allí, aunque veraneaban en el pueblo.

A Camila siempre le había llamado la atención que no viviese nadie en la Calle de las Flores y que en los balcones de todas sus casas permanecieran los maceteros vacíos. También que hubiera macetas en las aceras, junto a las puertas y en las ventanas. Tal vez por eso antes se llamaba la Calle de las Flores.

Esperando a que Roberto le escogiese los quesos y así poder pagarle, Camila observó por debajo de la tela del puesto. También Roberto la miró de reojo hasta que, molesto, le preguntó qué estaba buscando. Camila le contestó que no entendía por qué escondía bajo la mesa unas macetas con flores. Roberto sonrió y le dijo que después del mercado tenía pensado llevarlas a un lugar.

—¿A qué lugar? —a Camila no le había bastado aquella respuesta.

—A casa de unos amigos.

—¿Y para qué las quieren?

Roberto suspiró:

—Pues para que no les falten flores en sus casas.

—¿Y dónde viven? —volvió a entrometerse.

Entonces Roberto le contó la historia de Taberno. Empezó diciéndole que algunas familias amigas comenzaron a vivir en una determinada calle, y que plagaron las casas y las aceras de macetas floridas. Por eso los vecinos del pueblo la bautizaron como Calle de las Flores.

Pero pasó el tiempo y los vecinos fueron muriendo de vejez, hasta que solo quedó Adela, la última que mantenía y regaba las macetas.

—La gente que ahora vive en el pueblo ve la calle vacía, gris y solitaria. Por eso ninguno se anima a ocupar sus casas. Y el nuevo alcalde, al ver que todo el mundo la apodaba «la Calle Gris», le cambió el nombre.

Al acabar su relato, Camila se quedó tan triste que apenas pudo hablar. Pagó los quesos y se marchó pensativa.

Cuando regresaba a Taberno, la niña iba a la Calle Gris. Cuando se encontraba alguna maceta con flores, sabía que Roberto la había llevado para mantener viva la Calle de las Flores.

Años más tarde, en el cartel se volvió a leer Calle de las Flores. Camila había comprado con su marido y sus dos hijas una de las casas. Cuajaron las ventanas y balcones de macetas repletas de geranios que florecían en verano, jazmines y siemprevivas que daban sombra y atraían a las abejas, para alejar el silencio y para que su zumbido recordara que allí volvía a haber vida. Entendió que la alegría y el calor de un lugar lo aportan las personas y quiso que esa alegría y ese calor perdurara en el tiempo.


 
 
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