XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Secretos de escritor
María Pardo, 15 años
Colegio Ayalde

Mi abuelo escribe relatos con los que me transporta a un mundo sencillo y fascinante a la vez. ¡Cuántas veces sus historias han logrado que se encoja mi alma de emoción! Me asegura que empezó a escribir «por necesidad»: fue al jubilarse cuando sintió que necesitaba plasmar en sus propias narraciones el conocimiento y la capacidad que había adquirido con años y años de afición a la lectura. De ahí que tomase la determinación de buscar pluma y papel para ponerse manos a la obra.

Después de haberle leído tantas veces, he decidido probar su misma suerte. No son los inesperados y conmovedores finales con los que cierra sus historias los que me han despertado el afán de imitarle; tampoco la riqueza de su vocabulario ni la capacidad de meterse en la piel de sus personajes, sino la facilidad con la que halla tan interesantes argumentos, de tal manera que no hay un relato parecido a otro.

Un paisaje otoñal en su querida Pamplona, un mendigo frente a la puerta de una iglesia, un perro que le ladra al salir del supermercado… Estos detalles que nos parecen anecdóticos son una mina para él, de la que extrae ideas para una nueva trama, uno o dos personajes inéditos y, como siempre, un final sorprendente.

Una vez, por ejemplo, dio a una paloma herida el protagonismo de uno de esos relatos. Le proporcionó voz y sentimientos y un amable joven con el que conversar. Hizo que el hombre consolase al ave y la llevara hasta el nido donde le esperaban sus polluelos. El joven le prometió que la visitaría a diario, hasta que se curase. El ave, a su vez, le confesó al chico que si le aseguraba el cumplimiento de aquella promesa, no le gustaría curarse nunca.

Como ya he dicho, mi abuelo sabe sacar chispas a detalles secundarios, lo que no es tarea fácil. Según él, hay que ser curioso y siempre tener ganas de aprender. También debemos pararnos a observar y hacernos preguntas. Esta es la actitud con que mi abuelo se pone a escribir.

El proceso de creación también requiere tiempo y mimo, y cada escritor decide libremente cuál es el ritmo que le conviene. Mi abuelo, por ejemplo, empieza poniendo un título. Dice que le ayuda a centrarse en el tema principal. Después redacta dos o tres renglones y los revisa cuidadosamente. Si no se siente inspirado, guarda el boceto para continuar más adelante. Y así, poco a poco, va juntando las piezas de cada relato, como si fueran parte de un puzzle.

Soy muy afortunada por tener a alguien tan cercano como referente literario y personal. ¡Cuánto he aprendido de él y cuánto me queda aún por aprender!

 
 
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