XIV Edición  |  Curso 2017-2018
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Dime cómo vistes
Duna Oltra, 15 años
Colegio Vilavella (Valencia)

Vaqueros rotos, camisetas anchas y pelo desgreñado, cazadoras de camuflaje y botas militares. Está claro que con esas pintas las dependientas de Chanel no te van a ofrecer una copa de cava al entrar en su boutique. Tampoco con esta imagen el director de cualquier entidad bancaria saldrá a saludarte. Y es que vivimos en una sociedad inundada de prejuicios.

Está bien tener una educación, saber vestir y estar acorde al lugar y al momento. Pero tenemos derecho a mostrarnos tal y como somos. No vale decir que hay libertad de expresión y al mismo tiempo criticar o prejuzgar a alguien porque vista de manera distinta a lo que cada uno estima que es lo acertado, lo bonito o lo que procede.

Aunque llegue a una sucursal bancaria con los vaqueros rotos y una camiseta negra, deben tratarme con la misma diligencia que al señor que lleva traje y corbata. La clase y la educación, los posibles o la empatía no los da necesariamente un traje.

No sé cómo hacerle entender a mi abuela que me da igual lo que piensen de mí por no ponerme una falda y una blusa cuando voy de compras, o por no ponerme unos pendientes para que los demás vean que los tengo. Si sé quién soy, ¿por qué debería aparentar otra cosa?. Está claro que ella lo dice por mi bien, porque quiere verme guapa y que los demás me miren a través de sus ojos… pero yo me veo más natural y me identifico conmigo misma vistiendo más sencilla y de manera más austera.

Por supuesto que hay lugares y, sobre todo, momentos en los que el protocolo manda, y hay determinados códigos que no debemos saltarnos, como no ir de blanco en las bodas si no eres la novia, o cómo hay que presentarse en un entierro. Conocer dichas normas forma parte de la educación que tenemos que recibir. También es necesario porque vivimos en sociedad, y debemos respetarnos los unos a los otros. No es solo por una cuestión de gustos personales, sino por respeto a las tradiciones.

Me gustaría vivir en un mundo en el que podamos ser libres, en el que los juicios estén fundamentados y las denuncias queden en el ámbito de los tribunales, en el que las miradas sean limpias y lleguen al fondo de quienes somos. Un mundo en el que las boutiques de las grandes avenidas no especulen sobre nosotros por lo que vestimos en función de nuestro peinado. Me gustaría vivir en ese mundo utópico que todos decimos querer pero que nadie encuentra.

 
 
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