Aquel día, después de mucho tiempo, tuvo el valor suficiente para coger la caja donde guardaba su mayor tesoro. La cadena que había en su interior se deslizó suavemente entre sus dedos. Aquello que pendía de ella, quedó colgando, meciéndose lentamente.
Recordaba con claridad el día en que fue suyo. Tan solo tenía ocho años...
* * *
El hielo corría bajo sus pies, cada vez más deprisa. Ella se movía con sutileza por el miedo a caer, como si mimara la superficie sobre la que se desplazaba.
Deslizaba sus patines lentamente, intentando coger velocidad poco a poco.
En unos de los movimientos, su equilibrio falló, haciéndola resbalar. El frío de la superficie tocó la piel de sus manos, produciéndole rozaduras. La caída fue lo suficientemente fuerte para hacerla llorar.
Su abuela llegó corriendo, acercándose lo más que pudo, ya que el hielo le imposibilitaba caminar bien.
-¿Cómo estás, mi pequeña?
-Siempre me caigo. No aguanto dos minutos sobre los patines –se quejó María.
-Acabas de empezar –le recordó su abuela-. Venga, sécate las lágrimas. Las niñas fuertes no lloran.
-No quiero patinar más. Me hago daño.
Los tiernos ojos de su nieta le hicieron recordar. Rápidamente se palpó el cuello hasta encontrar la fría cadena. De ella colgaba un círculo en el que estaba grabado su nombre.
-Este medallón me lo regaló mi padre el día de mi octavo cumpleaños. Me recordó que cumplir los sueños puede ser duro, pero que hay que levantarse tras cada caída, pues no se consiguen al primer intento –le explicó a María-. Tienes que luchar por aquello que quieres, sin importarte las veces que tengas que repetir los mismos movimientos –se detuvo, pensativa, y añadió-. Yo alcancé mi sueño.
María sabía que, desde que era muy joven, su abuela luchó por ser patinadora profesional. Al cabo de mucho, logró el reconocimiento del público, hasta que, por culpa de una lesión, tuvo que abandonar, dejando a medias una competición. «Sin embargo, alcancé mi meta», evocó.
Deslizó la cadena por el cuello de su nieta.
María cogió el medallón entre sus manitas y lo observó.
-Gracias –sonrió-. ¡Es precioso!
La anciana le revolvió el pelo con cariño y le dedicó una sonrisa.
* * *
Diez años más tarde, María volvía a sostener entre sus manos aquella cadena que había mantenido oculta por miedo a perderla. Segundos después, estaba en torno a su cuello.
«Celia Gómez, 17 de Diciembre», leyó. No pudo evitar que una lágrima rodara por sus mejillas. La abuela ya no estaba allí.
-María, baja o llegaremos tarde –gritó su madre desde el salón.
Rápidamente, recogió sus patines con energías renovadas.
«Es mi turno, abuela. Ahora voy a acabar aquella competición que tu dejaste sin terminar», se prometió a sí misma.
Salió de la habitación con ganas de cumplir su sueño y con el medallón de la abuela rozando su piel.
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