En el lugar donde vivo estoy rodeado de gente. Aunque también me siento muy solo. ¡Qué paradoja! Desde hace casi cinco años nadie me visita.
Cuando llegué, fui directo a la sala de estar. Estuve sobre la mesa de mármol principal algunos meses. Todos me miraban y ojeaban ¡Qué delicia! Pero terminaron por hartarse de mí y fui de cabeza a la habitación de Guillermo, adolescente emprendedor y alocado, amante de la noche y el mucho dormir.
Dieciocho días después fui a parar al cuarto de la colada. Fue humillante. Mi prestigio había caído en picado. Y como ya imaginé, poco después acabé en el desván, en donde me encontré con algunos conocidos y parientes.
Los días pasaban largos y oscuros. Nuestra piel dura y pétrea, cada vez amontonaba más polvo. Y si contamos con que yo era el novato y que los grupos de charla no permitían la entrada a cualquiera, aquella vida se me hizo un aburrimiento. Por si fuera poco, a menudo se reían de mí porque me consideraban inferior.
<<Ñññññ…>>. La puerta de castaño se abrió. El crujido de las escaleras centró nuestra atención. El reflejo de unas trenzas doradas se detuvo ante un espejo desdibujado. Y entonces pude verla bien: una esbelta figura, ojos esmeralda y mirada centelleante. Se aventuró a abrir el viejo baúl lleno de carcoma. Disfrazada, se reía. Aquella risa me resultaba familiar, pero un repentino suspiro me obligó a abandonar mis pensamientos a un lado. Su cuerpo descendió lentamente hasta reparar en nosotros.
Sus cándidos ojos nos miraron detallada y meticulosamente. Sus pupilas recorrieron toda la fila hasta que posó su mirada en mí. Recuerdo haberme ruborizado. Sopló sobre mi empolvada piel y exhaló mi aroma, fragancia ancestral y llena de recuerdos.
Leyó mis amarillentas páginas detenidamente. Hasta que sus luceros llegaron a la última. Sofía Suárez-Nájera. Emanó de nuevo mi olor y comprendí quien era. Se trataba de la viva imagen de las manos que me escribieron. Tardes de invierno y las canciones de “Los Pequeniques” de fondo.
Me cogió y descendimos escaleras abajo. No me dio tiempo a despedirme de los demás.
En el vestíbulo pude volver a ver la cara de la abuela Marta. Comprendí: los ensayos, las poesías y los relatos de Sofía habían sido abandonados tras su pérdida. Y en los ojos de su hija aprendí que no es un libro mejor o peor porque el escritor sea famoso. Lo importante está dentro.
Sólo tenemos que encontrar a la persona que nos sepa apreciar.
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