En un pequeño pueblo costero había un mirador desde el que podían disfrutarse de las vistas más bellas del océano. Una estatua de una pescadora con una antorcha entre las manos recibía a los visitantes. El paisaje estaba compuesto por verdes colinas, fábricas metalúrgicas y un brillante mar que se lanzaba tierra adentro por una ría. Es fácil de comprender por qué aquel era el sitio favorito de María. Allí se sentaba a pensar mientras contemplaba la unión entre las montañas y el agua, entre el hombre y la naturaleza.
Aquella tarde observaba el cielo azul tumbada en la hierba, rodeada de flores blancas y amarillas. A su lado, una pareja de ancianos se sentó en un banco. Les sonrió. No había tarde en la que faltaran a su cita con el mirador. A veces se contemplaban a los ojos, otras se cogían de la mano y otras se quedaban en silencio observando el horizonte. Parecía como si ante el dorado atardecer se quedaran sin palabras, más aún, como si éstas sobraran.
-Qué bonito sería encontrar una persona así –pensó con el pensamiento en el anciano– Es una lástima que no tenga tiempo para salir a buscarla…
La primavera dejó paso al verano. La brisa templaba la costa y la hierba del mirador estaba más verde. Todo cambiaba, salvo ellos, que seguían acudiendo fieles al banco frente al océano. Se miraban a los ojos, se daban la mano y contemplaban el horizonte. Todos los días, de seis a siete y media de la tarde pasaban a formar parte del parque, al igual que la vieja estatua de forja. Y María, desde la hierba, los miraba con cariño y sana envidia.
Las cosas siguieron su monótono curso hasta que, un día en el que María volvió al mirador descubrió que algo había cambiado: en el banco, frente al mar brillante, el anciano estaba sentado sin la compañía de la mujer. Miraba al horizonte con las manos entrelazadas, sin encontrar otras que sostener; los ojos distantes no tenían otros que mirar y no le quedaban palabras que decir por no tener a quién dirigirlas.
A María se le encogió el corazón. Se acercó al anciano, tomó asiento junto a él y miró al mar. Pasaron un rato así hasta que, en un momento, el señor asió la mano de la chica con la fuerza de un hombre desesperado.
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-Sí, claro –murmuró él.
-¿Qué sentido tiene venir aquí si ella no está?
-Eso no es cierto. Está allí, esperándome.
María permaneció callada, sujetando la mano arrugada del viejo, que estaba tranquilo porque tenía a su mujer guardada en un resquicio secreto de su alma, grabada en el corazón.
Cuando empezó a anochecer, se levantó del banco y se despidió del hombre. Antes de marcharse se detuvo frente a la oxidada pescadora que siempre observaba en silencio a la los paseantes que se detenían en el mirador. La antorcha entre las manos y la vista hacia el mar, María creyó que derramaba una pequeña lágrima metálica. |