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Una hoja amarillenta cayó sobre el parabrisas del coche. Era un jueves como cualquier otro. Contemplé el paisaje invernal que tenía frente a mis ojos. El gélido viento acariciaba las ramas desnudas de los árboles, el ruido cubría las calles de Madrid y la gente iba de un lado a otro. La música de mi grupo favorito resonaba en mis oídos y me hizo recordar un momento muy importante que pasó hace un par de años y que aún no estaba segura de haberlo superado. Sonreí y dejé que los recuerdos se apoderaran de mi mente.
Debió de ser en el verano, justo después de terminar mi primer curso de secundaria. Aún no había cumplido los trece años, pero me sentía tan mayor… y a la vez tan diminuta en un mundo que nunca creería llegar a entender.
Ese verano iba a venir una chica americana en régimen de intercambio. Era el último día de clase y mi hermana y yo esperábamos a la salida del colegio emocionadas por conocer a nuestra visitante extranjera. De pronto vislumbré una silueta de una chica alta y delgada con una melena castaña rojiza, gafas de sol y una gran sonrisa que transmitía alegría. Se llamaba Sarah, tenía dieciocho años y era de Carolina del Norte, al este de los Estados Unidos. Enseguida congeniamos. Era dulce, práctica y muy optimista. Mis padres tenían que trabajar todas las mañanas de julio, así que nosotras tres nos quedábamos en casa.
Mi hermana cumplía diez años el día que llegó Sarah. Ella siempre ha sido muy traviesa y rebelde. Odia que le digan lo que tiene que hacer. Así que al principio mi madre y yo estábamos algo preocupadas sobre cómo reaccionaría con Sarah, ya que ella se ocuparía de nosotras por las mañanas. Sin embargo, para nuestra sorpresa, ellas dos conectaron enseguida. Sarah se ganó toda su simpatía y conmigo también entabló muy buena relación. A veces yo me sentía sola porque estaba entrando el la difícil adolescencia, incluso había momentos en los que estaba realmente insoportable y otras me daba por llorar o reír sin saber porqué.
En ese mes de julio, Sarah se convirtió en una hermana mayor para mí. Nos hicimos muy amigas. Íbamos a todas partes juntas y ella también parecía estar a gusto conmigo.
Recuerdo una tarde que fuimos al cine con tres amigas. Una de ellas era mi mejor amiga desde que teníamos cinco años. Las dos empezamos en el mismo colegio pero ella apenas se quedó un mes, aunque eso no fue inconveniente para que nos hiciésemos íntimas. Como vivíamos a cien metros una de la otra, estábamos todo el día juntas. Ese verano ella también pasó mucho tiempo con Sarah. Otra de mis amigas era su hermana pequeña, que por aquel entonces tenía once años. Después de ver la película cenamos en VIPS y nos sentamos con unos helados enormes enfrente de una de esas fuentes que dibujan formas preciosas con el agua al ritmo de la música y en la que se proyectan los colores de los focos. La gente miraba ese juego de agua y color en absoluto silencio. Era una de esas noches de verano en las que la luna se ve tan grande y hermosa. El olor de las flores impregnaba el ambiente. Entonces desee que ese momento fuese eterno, que se parase el tiempo para siempre. Porque justo en ese instante todo estaba bien. No necesitaba nada más para sentirme feliz. Y pensé: “que de cosas bonitas hay en el mundo y, sin embargo, cuanto nos cuesta apreciarlas.”
La mayoría de las noches Sarah venía a mi cuarto y hablábamos muchísimo tiempo sobre miles de cosas. Sentía que le podía contar todo, porque parecía que sabía exactamente como me sentía y dijese lo que dijese su respuesta siempre me hacía sentir bien.
Llegó fin de mes y, también, se acercaba la partida de Sarah. Ese verano yo iba a pasar algo más de dos semanas en Francia con mi familia y unos amigos. Íbamos a ir a París unos días y una semana a la bretaña francesa. Yo ya había estado en Francia antes, pero estaba loca por conocer París. Sabía que en cuanto viera la capital de Francia me enamoraría de esa bella ciudad que imaginaba mágica.
Poco antes de la última semana del mes, notamos que Sarah estaba muy rara. Parecía triste. Una noche llamé a la puerta de su cuarto y al entrar me la encontré llorando. Cuando cogiera el avión no sería para volver a su país: se iba a Escocia, donde le esperaba su familia para pasar dos semanas de agosto. Y, justo después, empezaba su primer año de universidad en un colegio interno. Estaba muy unida a su familia, así que durante su estancia en mi casa la había echado mucho de menos y nada más volver a América tenía que separarse de ellos otra vez. Intenté consolarla, pero al final yo también acabé llorando porque me parecía muy triste verla así y porque me parecía insoportable la idea de que tuviera que irse tan pronto. Habíamos estado poco más de un mes juntas, pero se había convertido en una persona imprescindible para mí.
Los últimos días en Madrid, Sarah estuvo un poco más alegre porque estaba a punto de volver a ver a su familia. El día antes de su marcha, mis padres organizaron una cena y mi hermana, Sarah y yo representamos una obra de teatro que habíamos estado preparando todo el mes. Luego nos dimos unos cuantos regalos, nos hicimos fotos y al final todas acabamos llorando.
Después de unas horas, porque aún era de noche cuando nos despertamos, llegábamos al aeropuerto mi padre, Sarah y yo. Con lágrimas en los ojos vi como Sarah pasaba por la puerta de la terminal diciéndonos adiós con la mano.
Al día siguiente empezó nuestro viaje. Nos detuvimos a dormir en Burdeos y por la mañana no paramos hasta llegar a París donde nos esperaban nuestros amigos.
París se extendió ante mis ojos como un sueño. Nunca había visto una ciudad tan maravillosa. Había estado en Florencia, Pisa, Venecia, Cannes… Todas me habían impresionado pero París era completamente deslumbrante y tan misteriosa que se me antojaban millones de historias y sueños por sus calles.
Escribí todas esas historias en un cuaderno y pegué unas cuantas postales que había comprado en la plaza Vendome. Por las noches paseábamos por las calles iluminadas y cenábamos en restaurantes maravillosos, cruzábamos por los puentes del Sena y mirábamos a los pintores que hacías retratos a los turistas. Mientras tanto, nuevas sensaciones crecían en mí. Sabía que ya no era una niña, y me di cuenta de que mi mundo había cambiado de la noche a la mañana. Veía pasar los coches por los campos Elíseos y pensaba “ahí va mi niñez.”
Cuando estuvimos en el barrio de Monmatrè y vi a todos esos artistas bohemios pintando, escribiendo o tocando el violín, pensé que yo quería ser así. Quería sentirme libre, expresar mis pensamientos y sentimientos por medio de la música o de un papel. Estaba constantemente sumida en un estado que iba desde la melancolía a la euforia. Sentía que mi estómago estaba todo el día como en una montaña rusa y mi cabeza…, bueno mi cabeza estaba en las nubes. A veces lloraba porque había cambiado tanto que apenas me reconocía. Pensaba que me gustaría que Sarah estuviese allí para poderme aconsejar o darme unas palabras de ánimo.
Cuando volvimos a Madrid estaba como ausente. Las calles de París y los castillos de la Bretaña pasaban todo el tiempo por mi mente. También pensaba en Sarah y en momentos de mi niñez. Fue entonces cuando descubrí algo que me alivió mi mal espíritu y mi desasosiego. Mi prima Natalia me grabó un disco llenó de canciones que me hicieron sentir mejor. Era un grupo americano que no había llegado a España por entonces, Simple Plan. Sus letras me animaron durante aquellos extraños días. Poco a poco entendí que desde ese verano nada iba a volver a ser igual. Era una persona completamente distinta y no estaba segura de si quería aceptar a esa nueva “yo” en mi vida.
Estaba claro que hacía tiempo que había empezado esa metamorfosis, pero ese verano mi infancia había acabado por completo. Al principio me pareció terrible: ayer mi padre me llevaba en brazos y hoy tenía que caminar sola. Pero pronto me di cuenta de que hacerse mayor, aunque fuese duro y doloroso, también era muy bonito. Empezaba a entender un poco más cómo iba el mundo y por qué la gente actuaba de forma determinada. Al hacerte mayor aprendes a pensar por ti mismo y entiendes que todas las historias no tienen un final feliz.
Hacía tres años que tocaba el piano. Siempre me habían dicho que tenía madera de pianista y yo sabía que nunca lo dejaría, porque el placer que me daba pulsar las teclas no podía compararse con ninguna otra cosa. Practicaba dos horas todos los días y continué las historias que inicié en París. Había decidido que quería ser escritora y no me importaba no triunfar. Había visto a los músicos y pintores de Monmatrè y para mí eran artistas de verdad, sin necesidad de que fueran conocidos.
Pero había otra cosa que me animaba a continuar: París. París con sus luces, sus calles y su magia habían sido la mejor forma de comenzar mi adolescencia.
Hace tiempo que no se nada de Sarah. Nos escribimos unas cuantas veces y hablamos por teléfono pero, al final, acabamos perdiendo el contacto. Fue muy triste, pero así es como tienen que pasar las cosas. Ella sólo forma parte de un capítulo de mi vida. No importa, siempre la recordaré con cariño. El mundo aún tiene muchas cosas que ofrecerme y, pase lo que pase, quiero estar ahí para vivirlas.
El viento volvió a empujar la hoja a la acera, y mientras el coche avanzaba por la calle, bajo el cielo gris, una chica sonrió en su interior mientras escuchaba la melodía de su canción favorita y pensaba en que, en ese momento, el mundo parecía volver a estar en paz.
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