Paco y sus nietos
Arnau Góngora, 14 años

Colegio La Farga (Barcelona)

    Paco era un hombre “hecho y derecho”, o al menos eso decía su esposa, que en paz descanse. Tenía dos nietos, a los que les gustaba escuchar sus aventuras sobre la guerra. Había perdido un brazo, pero sobrevivió.

    Un día como otro cualquiera, el padre de los niños tenía una reunión y los dejó al cuidado de su abuelo. David, uno de los niños, llamó al timbre. Poco después, se sintió una voz afónica que decía:

    -¿Quién es?

    -¡Somos nosotros, abuelo!-dijeron los niños.

    De golpe, se abrió la puerta y en el rostro del abuelo se pudo leer un alegre sonrisa.

    -Anda, si son mi mariscales. ¿Preparados para otra aventura de la guerra?

    -Sí, sí...

    Paco miro a su hijo con alegría, se despidieron con un beso, entró con los dos niños y cerró la puerta de una patada (tenía la puerta muy arañada de tantas y tantas patadas que le había dado a lo largo de los años).
    
     -Bueno, primero tendremos que merendar. Anda, vamos a la cocina.

    Comieron e hicieron un poco de sobremesa. Juan, uno de los nietos, le preguntó:

    -¿Qué es eso abuelo?

    -Un rifle; lo estaba limpiando.

    -Pero dijiste que habías tirado todas las armas en el campo de batalla, excepto una pequeña granada que había sido explosionada.

    -¡Ay, pequeñín. Cuánto sabes... Os voy a enseñar una cosa. Seguidme.

    Bajaron al sótano.

    -Ayudadme a mover aquella mesa.

    Debajo del mueble encontraron una portezuela. Abrieron aquella trampilla y descendieron por una pequeña escalera de hierro oxidado.

    Paco giró un interruptor y la estancia subterránea se cubrió de luz.

    -¿Qué os parece? – había unos trescientos rifles, además de numerosas granadas y muchas, muchas cajas con municiones.

    -Esto es increíble -repitieron los dos niños a la vez.

    -Todas ellas se utilizaron en la guerra. Si tenéis tiempo, os explicaré la pequeña historia de cada una.

    Al repasar algunos rifles, los ojos de Paco se poblaron de lágrimas.

    -¿Qué te pasa, abuelo?

    -Con este arma en las manos, mi mejor amigo perdió la vida. Nos encontrábamos en Andalucía, intentando controlar una revuelta en una aldea llamada La Puebla de Miguel. Yo estaba de guardia, ya que en cualquier momento podían entrar los enemigos y arrasarlo todo. Pues bien, como no había movimiento me senté en el suelo y empecé a leer un libro. Entonces, mi amigo Federico vino corriendo y gritando: <<¡Que vienen! ¡Traen antorchas para quemar el pueblo!>>. Los dos corrimos hasta llegar a una casa abandonada, situada a las afueras del pueblo. Le pregunté si no podríamos encontrarnos a otra gente escondida en la casa, e incluso al propio enemigo. <<Allí no hay nadie, ni siquiera una gallina. Lo comprobé hace a penas tres días!>>. Entramos, después de varios intentos, echando la puerta abajo y nos encontramos tres enemigos apuntándonos con rifles. A pesar de que vi la muerte de cerca, no nos mataron, sino que nos hicieron prisioneros. Cuando llevábamos tres días encarcelados, Federico tuvo una idea. Pretendía coger un rifle de uno de los carceleros y huir. Nos vestimos con sus uniformes y echamos a correr, pero nos descubrieron. A Federico lo mataron allí mismo. Tres meses más tarde, me condujeron desde la prisión hasta el patíbulo. Me colocaron de espaldas, arrodillado y con los ojos tapados con un trapo. Me apuntaron, y dispararon.

    -Abuelo, ¿qué te pasa? –David no pudo ocultar sus lágrimas.

    En aquel momento sonó el timbre. Era el padre de los niños, que al enterarse de lo sucedido llamó a una ambulancia.

    Paco falleció en el viaje hacia el hospital y la policía confiscó aquel arsenal de armas viejas.

 
     
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